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viernes, 15 de febrero de 2013

Extraños en un ascensor


Comportamiento en el ascensor. 
Es uno de los viajes que muchos de nosotros hacemos con más frecuencia al día. Y, sin embargo, cuando lo hacemos, no podemos evitar experimentar una cierta sensación de ansiedad. Se trata nada más y nada menos que del viaje en ascensor, un recorrido que a pesar de durar unos pocos segundos nos suele resultar ligeramente incómodo.



"Casi todos nos encerramos en nosotros mismos. Entramos, presionamos el botón y nos quedamos perfectamente quietos", explicó Lee Gray, investigador de la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos. Tal es el interés que despierta en Gray el estudio y análisis de esta actividad que la gente lo llama "el hombre del ascensor".
"El elevador se convierte en un espacio interesante, en donde las normas de comportamiento se vuelven extrañas", explica. "Son ámbitos socialmente curiosos a la vez que muy raros".
Las conversaciones que comenzaron en el hall tienden a extinguirse rápidamente en la densa atmósfera del ascensor. Por lo general entramos y nos damos vuelta para ponernos de frente a la puerta. Si alguien más entra, puede que tengamos que movernos. Y aquí es donde los pasajeros comienzan a hacer -sin pensarlo- una seguidilla de movimientos semejantes a los pasos de un baile preestablecido.

El baile del ascensor
Al igual que en los puntos en los dados, la gente tiende a pararse en un lugar específico.
Cuando estamos solos podemos hacer lo que queremos: la pequeña caja es toda nuestra.
Si hay dos personas, cada uno se ubica en una esquina. Pararse en diagonal, es la forma de crear la mayor distancia posible.
Cuando entra una tercera persona, de forma inconsciente formamos un triángulo. Y, cuando se incorpora una cuarta persona, cada uno se para en una esquina. En caso de que ingrese una quinta, la desafortunada siempre se tiene que situar en ese incómodo centro del ascensor.
A partir de aquí, la cuestión se complica. Las personas que ingresen en ese momento deberán medir la situación apenas se abran las puertas y tomar una decisión inmediata. Una vez dentro, el protocolo para la mayoría es simple: mirar hacia abajo, o al teléfono.

¿Por qué nos comportamos de forma tan extraña en esta caja que sube y baja?
 "Uno no tiene espacio suficiente", dice Babette Renneberg, psicóloga clínica de la Universidad Libre de Berlín. "Por lo general, cuando nos juntamos con otra gente, dejamos entre persona y persona una distancia de por lo menos un brazo. Y eso no es posible en la mayoría de los elevadores, por eso nos encontramos en una situación muy inusual. Es poco natural".
En un espacio tan pequeño y encerrado se vuelve vital, dice, actuar en una forma que no pueda ser interpretada como amenazadora, rara o ambigua. La manera más fácil de lograrlo es evitando el contacto visual.

El miedo al encierro
Pero hay algo más. "En alguna parte de nuestra mente nos sentimos ligeramente ansiosos", dice Nick White, un oficinista de Nueva York que tuvo la mala suerte de quedarse atrapado en un ascensor durante cerca de 40 horas. "No nos gusta estar encerrados. Queremos salir del elevador lo antes posible porque es un lugar un poco repulsivo".
Durante su agonía, White empezó a pensar en otro espacio encerrado que tenemos escondido en algún lugar de nuestra mente: una tumba.
Sería comprensible que White se negara a subir otra vez a un elevador. Pero si trabajamos en una ciudad y no nos conformamos con un trabajo de recepcionista, ésta no es una alternativa. "Siempre me acuerdo de lo que pasó cuando me subo a uno", admite. "Es algo sobre lo que tienes muy poco control".
Lee Gray, de la Universidad de Carolina del Norte, concuerda que esta sensación de no tener control sobre algo es la principal causa de ansiedad. "Te encuentras dentro de una máquina que se mueve y que no controlas. No puedes ver el motor y no sabes cómo funciona", señala.

Medio seguro
Esta sensación de pasividad y de estar en las manos de una máquina es más intensa en la era de los ascensores "inteligentes", que no tienen botones.
Después de pasar por un control de seguridad o de apretar un botón en un tablero central, los pasajeros se dirigen hacia un ascensor que está programado para detenerse en el piso al que van, sin necesidad de que éste presione ninguna tecla. El sistema está diseñado para reducir el número de paradas innecesarias. Aunque es un sistema más eficiente, no todo el mundo se siente cómodo con él.
Pese a que generan una cierta dosis de ansiedad, Gray asegura que los ascensores -inteligentes o no- son más seguros que los autos, y mucho más seguros aún que las escaleras mecánicas. "Es de hecho uno de los medios de transporte más seguros. Si miras a los miles de millones de viajes que hacen al año, verás que hay muy pocos accidentes".
Todos lo sabemos, y por eso seguimos tomándolos a diario, a pesar de que nos hagan sentir un poco nerviosos.
"Aprendimos que podemos subirnos a un ascensor sin correr riesgos", dice Renneberg. "De alguna manera es el triunfo del racionalismo por sobre nuestros instintos más animalísticos".
Quizá la próxima vez que viajemos en uno, podamos reflexionar sobre esta idea. Eso sí, ni se le ocurra compartirla con sus compañeros de viaje.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12306101

lunes, 19 de noviembre de 2012

Ansiedad y sobrepeso

Los investigadores observaron a más de 100 pacientes con problemas de peso
El estudio muestra que un 31% padecía un trastorno de ansiedad
La obesidad en muchos casos es resistente a intervenciones convencionales

 
Ansiedad, depresión, trastornos en el control de los impulsos... Un estudio presentado esta semana en el XVI Congreso Nacional de Psiquiatría desmiente el tradicional mito del 'gordito feliz' y desvela un amplio abanico de problemas psicológicos asociados a la obesidad.
Con los datos de más de 100 pacientes tratados en el Hospital Infanta Leonor de Madrid, la investigación revela que un 31% de estas personas había sufrido un trastorno de ansiedad asociado a su problema de peso; mientras que hasta un 35% tenía antecedentes de depresión. 
Como ha explicado en el congreso que estos días se está celebrando en Bilbao el doctor Javier Quintero, jefe del servicio de Psiquiatría del hospital madrileño, estos datos son el fruto de la colaboración entre psiquiatras y endocrinos, y de un abordaje más amplio de la obesidad, en la que se combinan los factores nutricionales, pero también sociales y psicopatológicos.
"El 17% de los pacientes con obesidad presentó antecedentes de un trastorno 'clásico' de la alimentación, como la anorexia y la bulimia", prosigue Quintero; que también recuerda que el 10% de los participantes en la investigación presentaba un trastorno en el control de los impulsos.
"Desde el punto de vista clínico, resulta muy sorprendente la presencia de un 20,4% de pacientes con trastorno por déficit de atención e hiperactividad, una cifra cinco veces superior a la esperada en la población general", prosigue el psiquiatra madrileño.
El hecho de que uno de cada dos pacientes haya estado en tratamiento con psicofármacos (principalmente antidepresivos y benzodiacepinas) y otro 40% haya participado en algún tipo de intervención en el servicio de Psiquiatría refleja, según Quintero, "que la obesidad es un problema de salud de primera magnitud. Y en muchos casos terriblemente resistente a las intervenciones convencionales" 
Y pone como ejemplo las dietas, con las que un 62% de los encuestados reconoce haber estado en contacto constante a lo largo de su vida. Por este motivo, el especialista recomienda un abordaje conjunto de estos pacientes por los servicios de Endocrino y Psiquiatría, "de manera que sean estudiados desde una visión más amplia".
 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Estudio: ¿Mentir es saludable?

Expertos señalan las ventajas
de algunos tipos de mentiras en el día a día
 
Beatriz G. Portalatín | Madrid
 

'Con la verdad se llega a todas a partes'. Con esta frase, seguramente hayamos recorrido parte de nuestra enseñanza más arraigada. Decía Platón que "hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad". Pero además de actos de valentía y franqueza que hemos aprendido desde niños, ¿podría tener consecuencias positivas en nuestra salud?

"Asociar verdad con salud es una relación problemática y compleja", afirma el psicólogo Rubén González, autor del artículo 'El engaño y la mentira en los trastornos psicológicos y sus tratamientos', publicado en la revista 'Papeles del Psicólogo'. Pero esta conexión ha tenido una respuesta afirmativa en un estudio realizado por investigadores de la Universidad americana de Notre Dame y cuyos resultados han sido presentados en la 120ª Convención de la Asociación Americana de Psicología. Uno de los datos más llamativos fue la media de mentiras por semana que verbalizaban los americanos: 11 mentiras.

Durante 10 semanas analizaron las respuestas de 110 personas ante ciertas situaciones. La mitad de ellas fue entrenada para decir menos mentiras. Precisamente, este grupo fue el que, según Anita E. Kelly, profesora de psicología en dicha universidad y autora principal del estudio, "presentó mejoras significativas en su salud". Tales beneficios iban desde menos sentimientos de tensión y melancolía a un menor número de cefaleas y molestias de garganta.
Sin embargo, la mentira ofrece ciertas ventajas en las relaciones sociales. El psicólogo y criminólogo Jaime Gutiérrez, perteneciente al Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León, asegura que "mentir es una conducta adaptativa".
"Podemos asociar los beneficios con la ansiedad, es decir, con la verdad se disminuye la ansiedad. Pero tampoco podemos afirmar que esto sea mejor o peor para la salud", indica este experto apuntando a que las personas tienen distinto nivel de activación que, traducida en forma de ansiedad, es buena y necesaria.
Fundamentalmente, explica este experto, las personas mienten por tres motivos: para adaptarse a un ambiente hostil, para evitar castigos y para conseguir premios o ganancias sobre los demás. "Por ejemplo, la gente en su curriculum vítae pone un nivel de inglés más alto del que realmente sabe, pero lo hacen para conseguir un premio, un puesto de trabajo en este caso, y esa conducta no tiene porqué ser necesariamente mala", desarrolla.

Buscar el equilibrio
Decía el médico y psicoterapeuta austríaco Alfred Adler que "la verdad es a menudo un arma de agresión. Es posible morir, e incluso asesinar, con la verdad", por lo que a veces ser honesto no podría resultar tan bueno. "En ocasiones decir la verdad, puede ser contraproducente", asegura Gutiérrez, no obstante, aclara que la sinceridad es buena cuando las consecuencias son positivas para la persona que emite la conducta y para su entorno.
Por su parte, Rubén González también apoya esta afirmación. "Hay que buscar el equilibrio entre lo que es bueno para nosotros y para el que recibe la notica". Además, asegura que algunas veces puede asociarse decir la verdad con signos de inocencia o falta de madurez, por tanto, en ocasiones la mentira puede ser incluso necesaria.
Este experto divide la mentira en mentira 'prudente' e 'imprudente'. La primera es aquella que se dice para adaptarse a la situación, la que es "necesaria" decir en ocasiones para evitar un mal mayor. Pone de ejemplo, una situación peligrosa como estar en una habitación con mucha gente y que haya un incendio. "Puedes mentir y decir a la gente que no está pasando nada y evitar así el caos. El control es necesario en estos casos", detalla.
La segunda es cuando lleva consecuencias peores que dificultan ese equilibrio mencionado anteriormente. Decir la verdad, puede tener consecuencias negativas en el otro. Esto es, hay personas que tienen que decir siempre la verdad, "tener la conciencia tranquila", y esto "no siempre es bueno", puntualiza el psicólogo. "Esta sensación de conciencia tranquila es la creencia de creer que han actuado bien y por ello 'se sienten mejor' físicamente", explica.

Honestidad, un valor necesario

La honestidad, explica este experto, refuerza el que una relación, sea del tipo que sea, pueda ser mucho más consistente y estable. Pero, "tiene que haber también otras cosas, es un valor que no puede ir separado del resto", matiza.
"La honestidad absoluta en el ser humano no existe, es imposible que un hombre siempre diga la verdad". Ésta, asegura, es un valor que debe ir añadido junto a otros: "De nada vale que una persona sea sincera, si le faltan otros valores".
Como conclusión, los expertos aseguran que no podemos relacionar mentir en contextos cotidianos con una peor salud, pero que es bueno que en la sociedad se eduque desde la honestidad y la franqueza. "Un desarrollo moral adecuado desde la infancia, orientado en la verdad, es positivo", finaliza Gutiérrez.
fuente: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/09/03/neurociencia/1346690139.html