Mostrando entradas con la etiqueta biología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta biología. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de mayo de 2013

Los idiomas y la genética


Los lingüistas se inspiran en la genética para sondear la evolución del habla durante 15.000 años. El idioma común también estaría en el origen del vasco y del chino, según los expertos.
Por Javier Sampedro 
La construcción de la Torre de Babel. Hendrick III van Cleve - c.1500

Los lingüistas están siguiendo estrechamente los pasos de sus colegas los biólogos evolutivos para reconstruir el pasado del lenguaje humano, la forma en que una hipotética habla ancestral fue ramificándose de manera incesante hasta producir la babel actual de 5.000 idiomas irreconciliables. Investigadores británicos y neozelandeses han hallado ahora sólidas evidencias de que todas las lenguas habladas actualmente en Europa y Asia, desde Lisboa a Pekín, provienen de una sola que se habló en el Mediterráneo hace unos 15.000 años, cuando la última glaciación empezó a remitir y las nuevas tierras emergidas del hielo perpetuo comenzaron a trazar las sendas que conectaron el gigantesco continente entero.
La primera teoría evolutiva, de hecho, precedió a Darwin en tres cuartos de siglo y no se refería a las especies biológicas, sino a los lenguajes. La formuló el jurista británico sir William Jones en 1787, en un discurso pronunciado ante la Sociedad Asiática de Bengala, y proponía que el sánscrito, el griego, el latín, el gótico, el persa y el celta provenían de un tronco común por divergencias sucesivas; nació así lo que hoy llamamos la familia lingüística indoeuropea, que seguramente hunde sus raíces en los primitivos asentamientos neolíticos que inventaron la agricultura en Oriente Próximo hace unos 10.000 años. La lengua eurasiática recién propuesta sería aún más antigua, de hace unos 15.000 años, y extendería su abrazo a lenguas no indoeuropeas como el chino o el vasco.
Al igual que los evolucionistas reconstruyen el pasado de las especies comparando genes de las especies actuales, Mar Pagel, Quentin Atkinson y sus colegas de las universidades de Reading (Reino Unido) y Auckland (Nueva Zelanda) han descubierto el eurasiático ancestral comparando palabras de las que se hablan en todo el continente actualmente. Esto no es nuevo para la lingüística. El problema para las reconstrucciones de largo alcance es que, según el conocimiento recibido en lingüística, las palabras cambian demasiado deprisa como para dejar trazas de su ancestro común más allá de unos 5.000 años.
La mayor aportación del nuevo estudio, presentado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences, es haber mostrado que, aun cuando eso sea cierto para la inmensa mayoría de las palabras, hay unos cuantos términos mucho más refractarios al cambio. Estas palabras ultraconservadas –que también tienen su equivalente directo en las secuencias ultraconservadas de los genomas biológicos— incluyen los numerales (los nombres de los números) y otros ingredientes del ‘metabolismo central’ de la gramática del tipo de yo, tú, aquí, como, no, allí y qué.
Los investigadores también han conseguido unas reglas que les ayudarán a encontrar el conjunto de palabras ultraconservadas más útiles en estudios futuros de otras lenguas. Como norma general, las palabras que aparecen en el habla común con una frecuencia mayor del uno por mil tienen entre 7 y diez veces más probabilidades que las demás de aguantar intactas, o al menos reconocibles, durante 10.000 o 15.000 años.
“Nuestros resultados”, dicen Pagel y sus colegas, “indican una considerable fidelidad de transmisión para algunas palabras, y ofrecen una justificación teórica para investigar características del lenguaje que pueden preservarse por grandes lapsos de tiempo y extensiones geográficas”. Los científicos no solo han comprobado este principio en las lenguas indoeuropeas, sino también entre los hablantes de las familias uránicas, chino-tibetanas, altaicas, austronésicas y el sistema Níger-Congo.
Las secuencias genéticas más refractarias al cambio a lo largo de las eras geológicas representan a menudo ‘interfaces’ de una molécula (por ejemplo, cierta zona de una proteína) que interactúan con tantos ‘partners’ que cualquier ligero cambio en la secuencia causaría un auténtico desmoronamiento de un amplio número de sistemas biológicos. Las palabras más frecuentes en el habla parecen ser su equivalente lingüístico, lo que puede bastar para explicar su resistencia al cambio. Sea como fuere, los lingüistas ya disponen de un juego de ‘genes’ ultraconservados para analizar la noche de los tiempos.

Fuente: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/07/actualidad/1367950892_304674.html

viernes, 1 de febrero de 2013

¿Los ojos reflejo del alma?


Desmitificando algunos elementos de la comunicación offline
Dolors Reig

Es una de las apreciaciones tecnófobas más pronunciadas: en lo virtual no nos vemos los ojos, de forma más genérica, no nos vemos las caras y, por lo tanto, no tenemos disponible uno de los indicadores más importantes de la confianza entre seres humanos. Pues bien.. parece que de nuevo se trata de una creencia muy discutible, de un sesgo cognitivo, más anclado a la evolución biológica que a la racionalidad humana.
La mirada y otros rasgos nos transmiten confianza, nos dice Karel Kleisner, de la Charles University en Praga, autor del estudio que nos ocupa. Si tienes una cara confiable la gente colaborará, intercambiará información, compartirá recursos, se ofrecerá como compañera con mayor facilidad que si no es así. Pues bien…. algo tan importante como eso, como la confianza, reside en elementos tan poco objetivos, tan absurdos como el color de los ojos, la anchura de los labios o la forma de las caras de los demás.

Ojos marrones más confiables
La investigación de Kleisner consistía en tomar fotos de 40 hombres y 40 mujeres, haciendo que 238 estudiantes valorasen después su fiabilidad, el grado de confianza que inspiraba cada rostro. En cuanto al color de los ojos las imágenes eran duplicadas, cambiando simplemente de marrón a azul.
Los resultados apuntaban al despropósito: las personas de ojos marrones resultamos más confiables que la de ojos azules, tanto en el caso de hombres como de mujeres. En el caso de los hombres, además, aparecía un elemento adicional: tanto hombres como mujeres tendían a confiar en mayor medida en hombres de cara redonda, boca más grande y barbilla más ancha que en rostros más alargados, independientemente del color de sus ojos. No ocurría lo mismo en el caso de las mujeres.
Es similar en otros estudios, que ya afirmaban que las caras más redondeadas, con barbillas más anchas y bocas más anchas cuyos bordes tienden a apuntar hacia arriba, ojos más grandes y cejas más juntas son ya el summum de la confiabilidad.  El tema, además, suele aparecer en “packs”: la gente de ojos marrones y con todas las características anteriores es mucho más confiable que los pobres individuos de ojos azules, de rostros más pequeños y alargados, barbillas más afiladas y  cejas más separadas. En el primer caso, destacan los autores del estudio, los rostros nos resultan más infantiles, lo cual aumenta la confianza.

La biología nos somete
El anterior puede ser uno de los motivos, evidentemente absurdos, de la cuestión, pero el resto lo son aún más, resultando como decíamos para muchos sesgos cognitivos, automatizaciones anacrónicas, instintos hoy sin sentido pero que en algún momento protegieron al indefenso ser humano de diversos peligros. Puede que nos atraiga lo que nos es familiar, entre otras cosas porque resultaba de lo más adaptativo en épocas de lucha tribal y por  el territorio. Una mayoría de caras anchas y ojos oscuros desconfiaba entonces de una minoría de caras alargadas y ojos claros porque se trataba de rasgos poco habituales, nuevos (el color azul de los ojos surgió en un momento tardío de la evolución de nuestra especie), que denotaban que el otro podía ser extranjero y por lo tanto, en época de luchas territoriales, una potencial amenaza. De nuevo la biología somete extraordinariamente al ser humano, así que si son mujeres las que presentan esos rasgos, para los machos de nuestra especie  aparearse con ellas podía aportar diversidad evolutiva. El rechazo “instintivo”, de hecho, ocurre en menor medida con ellas.
¿Sabíais que está demostrado que los hombres prefieren mujeres más gorditas en épocas de estrés, tensión, crisis?  También en este caso el tema pudo ser adaptativo en otro tiempo pero hoy evidencia que nuestra libertad, racionalidad e inteligencia pueden ponerse en seria duda.
En fin… que parece que se equivocan las apologías de la comunicación “face to face”, que ésta no resulta tan idílica como pudiera parecer.  Sí, es posible manipular las valoraciones que dejamos en redes sociales pero, qué queréis que os diga, igual los actuales algoritmos, karmas, puntuaciones sustitutivas, derivadas de la inteligencia colectiva, de la confianza online, son más objetivas que muchos de nuestros “instintos”, muchas veces anacrónicos y generadores de los más absurdos prejuicios.

Kleisner K, Priplatova L, Frost P, & Flegr J (2013). Trustworthy-looking face meets brown eyes. PloS one, 8 (1) PMID: 23326406

Fuente: http://www.dreig.eu/caparazon/2013/01/31/los-ojos-como-reflejo-del-alma/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+caparazon+%28caparazon%29

lunes, 13 de agosto de 2012

Los superatletas tienen "supergenética"

Los atletas nacen y se hacen. Los superatletas nacen. Cada vez son más los estudios que demuestran cómo a los mejores deportistas les ha tocado una herencia genética distinta a los demás. Con los avances en terapias génicas, los especialistas se plantean si el resto de atletas tendrá que modificar su genoma para poder competir en igualdad de condiciones, algo actualmente no permitido por las autoridades deportivas.   

Alvin Ailey Dance. Foto: Mattew O´Hara


Un dato: la mitad de los atletas euroasiáticos y el 85% de los africanos cuenta con al menos una copia del alelo 577R, una variante del gen ACTN3, tal y como recuerda un artículo publicado en la revista Nature. O, por ejemplo –dejando a un lado a la élite olímpica– el 94% de los sherpas del valle de Katmandú, en Nepal, cuenta con la variante I del gen ACE, que favorece la escalada de alta montaña.
Esto no significa que las duras sesiones de entrenamiento no sirvan para nada, pero indica que hay individuos que lo tienen más fácil para pulverizar récords que el resto.
Los métodos de entrenamiento te hacen mejorar pero, como todo el mundo entrena de la misma forma, se ha comprobado que aquellos que son superiores al resto cuentan con un conjunto de variantes genéticas –mutaciones beneficiosas– que muy pocos atletas presentan”, ha explicado a SINC Steve Gullans, director general de Excel Venture Management de Boston (Estados Unidos) y coautor del artículo de Nature.
Además del conocido gen ACTN3, otros tantos –más de 200 variantes genéticas– marcan la diferencia. Y eso sin contar los que aún se desconocen. Gracias a las técnicas de secuenciación del ADN, los científicos van a poder descubrir las variantes más raras, algunas exclusivas de un único individuo.
En opinión de Gullans, los atletas recurrirán a la secuenciación de su genoma cuando la técnica sea más asequible y se haya creado una especie de base de datos con las claves genéticas que potencian las destrezas atléticas. “Hoy en día, solo serviría como una guía”, puntualiza.
No obstante, siempre hay excepciones. El madrileño Jesús Oliván, un atleta de salto de longitud de los años ‘90, contaba con una deficiencia en el gen ACTN3. Aun así, a los 16 años consiguió el mismo registro que Carl Lewis a su edad.
Compitió en dos olimpiadas y en varios campeonatos europeos y mundiales de atletismo. Los expertos creen que otros factores –desconocidos por el momento– explicarían su alto rendimiento.

El dopaje, también genético
En vista de que la naturaleza no trata igual a todos los deportistas, la duda está en si los juegos olímpicos, tal y como los conocemos hoy, premian una genética envidiable más que el esfuerzo físico y la capacidad de superación.
En este sentido, Gullans pronostica que las olimpiadas podrían evolucionar hacia tres escenarios. Uno de ellos, como ocurre ahora, es que ganen los mejores, aunque tengan ventajas en su mapa genético.
Otro segundo escenario sería dar ventaja a aquellos deportistas que no cuenten con una combinación genética especial y, el tercero, que estos atletas utilicen ciertas terapias para igualar a los mejores, algo completamente prohibido en la actualidad.
“La terapia génica se puede usar para cambiar la composición de los genes de un individuo añadiendo uno nuevo al cuerpo. Por ejemplo, podrías añadir un gen que fabrique EPO –eritropoyetina– y eso haría que el individuo produjera más glóbulos rojos”, comenta el experto. Un incremento de los glóbulos rojos aumenta la cantidad de oxígeno que la sangre transporta a los músculos del cuerpo. La Agencia Mundial Antidopaje (WADA, por sus siglas en inglés) prohíbe su utilización.
El dopaje genético es una de las amenazas a las que se enfrentan olimpiadas y campeonatos internacionales y no siempre es fácil de identificar. La tecnología ha llegado a tales niveles que los atletas que quieren alterar su mapa genético necesitan la ayuda de los expertos. Por eso, los controles no deben centrarse solo en los deportistas.
“Las mejoras genéticas deberían evaluarse caso por caso y la responsabilidad debería recaer en los médicos de los deportistas, que se ocupan de la administración segura y de vigilar la salud de los atletas”, ha señalado Julian Savulescu, profesor de Ética Práctica de la Universidad de Oxford (Reino Unido), en el congreso ESOF 2012 de Dublín (Irlanda).

Los controvertidos test de género
A pesar de que los controles antidopaje cada vez son más exhaustivos, los expertos dudan de que puedan detectar si una variante genética es natural o ha sido introducida. Algo similar ocurrió con los test de verificación de género que empezaron a desarrollarse en los años ‘60 para evitar que atletas masculinos compitieran en pruebas femeninas.
De las cerca de 10.000 mujeres que tuvieron que pasarlos mientras estuvieron vigentes –entre 1966 y 1998– no se detectó ningún caso de fraude, tal y como revela un estudio publicado en la revista Canadian Bulletin of Medical History.
“En general, no creo que los test fueran necesarios porque no había hombres que se hicieran pasar por mujeres”, ha declarado a SINC James L. Rupert, investigador del Laboratorio GRIP-Cinética humana de la Universidad de British Columbia (Canadá) y autor del estudio.
A pesar de que las pruebas fueron mejorando a lo largo de los años –de simples controles visuales a complejos test moleculares– seguían presentando errores, en especial falsos positivos, con repercusiones sociales muy negativas para la atleta en cuestión. “Los encargados de llevar a cabo las pruebas no estaban preparados para tratar adecuadamente a todas las mujeres, como por ejemplo aquellas que sufrían el síndrome de insensibilidad androgénica –feminización testicular–, que se veían perjudicadas cuando los resultados se filtraban”, reconoce Rupert.
En las olimpiadas de Barcelona ’92 se empezaron a tener en cuenta los aspectos psicológicos del género y, unos años más tarde, en 1999, finalmente se dieron por concluidos estos controles. “La biología no siempre es blanco o negro. Variantes genéticas poco comunes pueden conferir los rasgos biológicos de una persona que parece desafiar a su género”, matiza Gullans.
En la actualidad, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF por sus siglas en inglés) solo analiza de forma individual casos denunciados por otros atletas, cuando hay sospechas en un control antidopaje o si a una federación nacional le llega una queja. Uno de estos casos fue el de la atleta sudafricana Caster Semenya.
Ganadora del oro de los 800 metros lisos en el Campeonato Mundial de Atletismo de Berlín de 2009, otras corredoras pidieron al IAAF que verificara su sexo. Fueron los medios de comunicación los que publicaron que los altos niveles de testosterona de la atleta se debían a una feminización testicular, algo que no quiso ni confirmar ni desmentir el organismo.
En 2010, el IAAF finalmente aceptó las conclusiones de un grupo de expertos médicos y permitió que Semenya siguiera compitiendo en las categorías femeninas, conservando todos sus galardones. Pero el juicio público ya estaba hecho. “La historia jamás debió haberse hecho pública. Semenya sufrió una vergüenza innecesaria”, se lamenta Rupert.

Virilización en menores
Lo que se mantuvo durante muchos años en secreto fue la virilización que llevaron a cabo médicos y científicos de la Alemania del Este (la antigua República Democrática Alemana) en jóvenes atletas. A las deportistas, muchas veces niñas, que participaban en durísimos programas de entrenamiento, les suministraban fármacos experimentales y andrógenos –hormonas sexuales masculinas–. Así mejoraban su rendimiento deportivo.
Si un corredor, en su infancia, sufre anemia falciforme y se cura gracias a terapia génica, ¿no puede correr en los juegos? El antiguo atleta y entrenador Werner W. Franke denunció estas prácticas en un conocido estudio. Franke, hoy profesor del Centro Alemán de Investigación del Cáncer, aseguró durante el foro ESOF 2012 que este tipo de prácticas siguen produciéndose.
Testosterona de origen animal y controlada bioquímicamente, hormonas de crecimiento, tratamientos con ‘polvos rojos’ –una mezcla de enzimas– o fármacos de dopaje miméticos son algunos de los ejemplos. “Hay que enfatizar que todos estos métodos son ilegales”, subrayó Franke.
Parece claro que en personas sanas que intentan mejorar su rendimiento físico con prácticas prohibidas, las autoridades deben intervenir. La duda surge con otro tipo de cuestiones. Si un corredor, en su infancia, sufre anemia falciforme –enfermedad hereditaria en la sangre– y se cura gracias a terapia génica, ¿no puede correr en los juegos? ¿Y si sufre una mutación genética hereditaria que dispara los valores considerados normales? No hay que olvidar que “la terapia génica funciona en humanos para curar enfermedades”, recalca Gullans.
Por lo tanto, no le resulta descabellado pensar que, en un periodo de tiempo, cuando sea mayor el conocimiento sobre los genes y la seguridad de las terapias, los organismos deportivos tendrán que contemplar que habrá un grupo de atletas cuyo genoma ha sido alterado y decidir si permiten que participen o no.

Del árbol al supermercado en una carrera
Al margen de prácticas ilegales y de una herencia genética más o menos afortunada, lo que todo ser humano comparte es que ha nacido para correr. No hay más que mirar a nuestros ancestros.
El Homo sapiens consiguió evolucionar de los simios que vivían en los árboles para convertirse en un vigoroso atleta. Aunque aquí entra en juego el actual ritmo de vida sedentario. “La mayoría de los seres humanos de hoy no vive en un medio en el que tenga que hacer un ejercicio regular para conseguir carne”, explican Timothy Noakes y Michael Spedding en otro artículo del último número de Nature.
En cualquier caso, aunque la caza hoy se encuentre en las cámaras frigoríficas de los supermercados, nuestra habilidad de asimilar y usar oxígeno nos hace tener una mayor capacidad metabólica que cualquiera de nuestros antepasados. Y en esta nueva era, los científicos indican que una proteína en concreto destaca sobre las demás: el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés). Varias investigaciones han demostrado su papel en la prevención de enfermedades. Con el ejercicio, aumenta la circulación de esta proteína y el número de conexiones neuronales, lo que beneficia al uso de la memoria.
En ratones se ha comprobado que disminuye la obesidad y la aparición de diabetes tipo 2. Juega un papel importante en trastornos psiquiátricos y neurológicos –al destacar en el cortex prefrontal– y estimula a las mitocondrias del cerebro. También actúa en la médula espinal para reducir la frecuencia cardíaca.
Hacer deporte, por tanto, beneficia a nuestro estado físico, aunque los expertos recuerdan que siempre debe ir acompañado de una dieta equilibrada. “El ejercicio puede ser barato pero las consecuencias de ignorarlo, muy caras”, advierten.

fuente: http://www.tendencias21.net/La-genetica-de-los-superatletas-es-distinta-a-la-de-los-demas-deportistas_a12618.html

¿Es útil sonreír?

La sonrisa es como una píldora contra el estrés
Marta Lorenzo


El refrán “al mal tiempo buena cara” ya tiene una base científica. Una investigación realizada por especialistas de la Universidad de Kansas ha demostrado que sonreír cuando se está padeciendo una situación de estrés ayuda a frenar los efectos nocivos del nerviosismo sobre el organismo, al reducir la frecuencia cardiaca. Además, las personas que sonríen se recuperan mejor de los eventos estresantes pasados. Los resultados del presente estudio redundan en los efectos positivos de la sonrisa y de la risa para la salud, ya constatados en estudios previos.

“Al mal tiempo buena cara”. En muchas ocasiones hemos escuchado esa expresión, sobre todo cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles. ¿Pero existe alguna verdad en esa frase hecha? Sentirnos bien a menudo nos hace sonreír, sin embargo, ¿puede funcionar la sonrisa también en la otra dirección? ¿Realmente sonreír puede ayudarnos a sentirnos mejor?
Al parecer sí, a juzgar por los resultados de un estudio realizado por las psicólogas Tara Kraft y Sarah Pressman, de la Universidad de Kansas, en Estados Unidos.
En la investigación, cuyos resultados aparecerán pronto en Psychological Science, la revista de la Association for Psychological Science de Estados Unidos, se analizaron de los beneficios potenciales de la sonrisa.
Para ello, las psicólogas observaron cómo diferentes tipos de sonrisa, así como la conciencia de la sonrisa, afectaba a la capacidad de los individuos para recuperarse de episodios de estrés.
“Antiguos refranes, como ‘al mal tiempo buena cara’ han sugerido siempre que la sonrisa no solo es un importante indicador no verbal de la felicidad”, explica Kraft. Además, la sonrisa también puede ser una importante herramienta “para afrontar los sucesos estresantes de la vida”, añade la científico.
Con este estudio, ella y Pressman quisieron “examinar si esos refranes tenían una base científica, si la sonrisa podía verdaderamente tener beneficios relevantes para la salud”.
Estrés inducido y mediciones
En general, las sonrisas se dividen en dos categorías: las sonrisas estándar, en las que están implicadas los músculos que rodean a la boca; y las sonrisas genuinas o de Duchenne, en las que están implicados los músculos cigomático mayor y menor cerca de la boca, los cuales elevan la comisura de los labios, y el músculo orbicular cerca de los ojos, cuya contracción eleva las mejillas y produce arrugas alrededor de los ojos.
Una investigación previa ya había demostrado que las emociones positivas pueden ayudar en momentos de estrés, y que la sonrisa puede afectar a las emociones. Sin embargo, el trabajo de Kraft y Pressman es el primero de su tipo en el que se han manipulado experimentalmente los tipos de sonrisas humanas, con el fin de examinar los efectos de estas expresiones sobre el estrés.
Para su estudio, las investigadoras reunieron a un total de 169 voluntarios de una universidad norteamericana. El proceso incluyó dos fases: entrenamiento y pruebas.
Durante la fase de entrenamiento, los participantes se dividieron en tres grupos, y cada uno de ellos fue entrenado para mantener una expresión facial diferente. Sosteniendo palillos en la boca, todos ellos forzaron sus músculos faciales para que estos formaran bien una expresión facial neutra bien una sonrisa estándar o bien una sonrisa de Duchenne.
Los palillos resultaron esenciales para esta tarea, ya que obligaban a los voluntarios a sonreír, incluso cuando no eran conscientes de que lo estaban haciendo. En total, la mitad de los miembros del grupo fueron entrenados para sonreír realmente.

Resultados obtenidos
En la fase de pruebas, se pidió a los participantes que trabajasen en diversas actividades. Lo que los participantes no sabían era que estas pruebas habían sido diseñadas para resultar estresantes.
En la primera actividad inductora de estrés se les pidió que trazaran una estrella con su mano no dominante mirando el reflejo de su dibujo en un espejo, en lugar de directamente. La segunda actividad inductora de estrés consistió en que los participantes sumergieran una mano en agua helada.
Durante la realización de estas dos tareas, los participantes mantuvieron los palillos antes mencionados en la boca, tal y como lo habían hecho durante el entrenamiento. Las investigadoras, por su parte, midieron la frecuencia cardiaca y los niveles de estrés autoinformado de los participantes.
Los resultados revelaron que la sonrisa sí influye en el estado mental: en comparación con los participantes que mantuvieron expresiones faciales neutras, los participantes sonrientes y, en particular, aquellos que mantuvieron una sonrisa de Duchenne, presentaron niveles más bajos de frecuencia cardíaca después de recuperarse de las actividades estresantes realizadas.
Los participantes que llevaron palillos que les obligaban a sonreír, pero a los que no se les dijo explícitamente que debían sonreír como parte del entrenamiento, también informaron de una disminución menor de los afectos positivos, en comparación con aquellos voluntarios que mantuvieron expresiones faciales neutras.
Estos hallazgos demuestran que sonreír durante situaciones estresantes breves puede ayudar a reducir la intensidad de la respuesta del organismo al estrés, independientemente de que nos sintamos realmente felices o no.
"La próxima vez que se encuentre en medio de un atasco o que esté experimentando algún otro tipo de estrés, puede intentar esbozar una sonrisa durante un momento. No sólo va a ‘aguantar’ mejor su situación psicológicamente, sino que además así ayudará a mantener la salud de su corazón”, recomienda Pressman.
La risa también funciona
Los resultados del presente estudio coinciden con los hallazgos de una investigación anterior, realizada en 2006 por especialistas de la Loma Linda University de California con 16 hombres sanos que no habían hecho ejercicio físico ni recibido medicación alguna.
En ella, se constató que sonreír alegremente cambia la química de la sangre, protege al organismo contra la enfermedad y la depresión, y detiene las enfermedades cardiacas.
La razón: la sonrisa tendría un efecto en el cuerpo a un nivel químico, que provoca en quien sonríe un bienestar físico de 24 horas de duración.
Por otro lado, una investigación realizada en 2010, también en la Loma Linda University, demostró que la risa provoca el mismo efecto que el ejercicio físico moderado: abre el apetito, reduce el estrés y mejorar el funcionamiento del sistema inmune.
fuente: http://www.tendencias21.net/La-sonrisa-es-como-una-pildora-contra-el-estres_a12684.html