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viernes, 27 de abril de 2012

¿Por qué la comida del avión sabe tan mal?


La respuesta rápida a la pregunta de por qué la comida del avión es tan sosa y anodina pudiera ser que es comida de baja calidad. O que en Primera Clase eso no pasa. Sin embargo, hay otros motivos que influyen en el sabor de la comida que ingerimos a 10.000 metros de altura.
Según sugieren algunos estudios, incluso fomentados por las propias compañíais aéreas, el sentido del olfato cambia mucho debido a las condiciones higrotérmicas de la cabina (el grado de humedad es bajísimo, resecando la nariz: cuando la nave alcanza su altitud de crucero, a 11.000 metros de altitud, la humedad de la cabina se mantiene a niveles mínimos para reducir el riesgo de corrosión de fuselaje).
También se ve influido el del gusto, debido al cambio en la presión del aire, que adormece las papilas gustativas. El aire seco (en torno a un 15% de humedad) y la presión de la cabina provocan que se duerman un tercio de las papilas gustativas. Algo parecido a lo que sucede cuando estamos constipados.
Por ello suelen servirse platos especialmente especiados, a fin de despertar nuestro sentido del gusto. Y también es la razón de que el zumo de tomate tenga un sabor menos ácido que en tierra.
Si la comida de los trenes tampoco está muy buena es porque la empresa de catering que prepara los platos lo ha hecho hace muchas horas; y en el caso de los aviones, ha tenido que pasar por condiciones extremas de temperatura y humedad.
Además de la sequedad en la boca y las fosas nasales, hay otros que proponen que el mal sabor de la comida tiene que ver con el oído. Un estudio realizado por la Universidad de Manchester concluyó que los comensales reconocen peor los sabores dulces y salados cuando están sometidos a un cierto nivel de ruido blanco.

jueves, 29 de marzo de 2012

Conocer nuestro pasado para predecir mejor nuestro futuro.



El primer dato chocante del pasado es que, aunque nos cueste creerlo, no hemos dejado de evolucionar. Nuestra especie, el Homo sapiens, apareció en África hace unos 180,000 años. Apartir de 50,000 años nuestros antepasados se extendieron por todo el planeta, alcanzando la India hace 80,000, Australia hace 60,000 y América, a través del estrecho de Bering, hace unos 25,000 años. Los pueblos que coexisten en el planeta comparten un origen común al tiempo que sus particulares biografías los han tildado con diferencias genéticas frutos del proceso de evolución por selección natural que Charles Darwin describió hace más de siglo y medio.



Colores
El color de la piel es un de los rasgos más evidentes, y la historia que se esconde detrás de éste es algo más interesante de lo parece a primera vista. Cuando, hace unos 7 millones de años, nuestros antepasados y el de los chimpancés se separaron, ambos tenían el cuerpo cubierto de pelo. Ese pelaje protegía una piel delicada y clara, como la que hoy mantienen nuestros primos africanos -cuando nacen, los chimpancés tienen una piel muy poco pigmentada que solo se oscurece por acción del Sol tropical a lo largo del tiempo-. Las diferentes especies que mediaron entre aquellos parientes lejanos y nosotros fueron progresivamente perdiendo ese pelaje. El resultado final de la falta de pelo y la radiación solar fue que nuestra piel se oscureciera para protegernos. El Sol es fuente de vida, sus rayos son los que hacen posible que nuestra piel sintetice la Vitamina D, esencial para el desarrollo de los huesos y cuya escasez provoca raquitismo y dificultades en el parto. En latitudes tropicales hay mucha radiación todo el año, de manera que lo importante es protegerse contra el daño que ésta causa en nuestro ADN y la facilidad con la que los rayos ultravioletas destruyen el folato -una molécula esencial para el desarrollo del sistema nervioso durante la gestación-. Todos los Homo sapiens empezamos teniendo la piel oscura.
Cuando algunos abandonaron los trópicos para adentrarse en Eurasia, el color de su piel supuso un problema. La pigmentación ya no protegía contra los rayos ultravioletas -escasos en latitudes septentrionales- y, además, impedía la síntesis de cantidades suficientes de vitamina D. Lo que ocurrió entonces es que, a lo largo de unas cuantas generaciones, los pueblos que ocuparon Europa y Asia sufrieron mutaciones en su ADN que les confirieron una piel menos pigmentada. Lo más curioso es que ambos, europeos y asiáticos, tienen la piel clara por mutaciones distintas. Lo que en evolución se llama característica análoga. Tomado de Ciencia cierta, http://www.sciencefriday.com/cienciacierta/ (Continuará...)