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viernes, 18 de enero de 2013

Amigos sincronizados


por Irene Jarchum 

¿Alguna vez te has dado cuenta de que sin querer has sincronizado tus pasos a los de un amigo que camina a tu lado? O ¿has escuchado a una audiencia sincronizar de a poco hasta aplaudir con un ritmo regular? 


Un trabajo publicado recientemente en la revista Scientific Reports demuestra que esto de la sincronía es un fenómeno real que se puede medir de forma cuantitativa. Además, los resultados indican que las interacciones sociales entre dos individuos aumentan la sincronía corporal entre ellos.
Para estudiar estos procesos, los investigadores eligieron un movimiento sencillo: el de la punta del dedo. El experimento comienza así: mientras un individuo mueve la punta de su dedo, el otro debe intentar mantener el propio quieto. Durante el segundo paso, en vez de mantener su dedo quieto, el individuo debe intentar seguir el movimiento del otro. Para concluir la sesión, los dos repiten el primer ejercicio, uno mueve su dedo y el otro intenta mantener el suyo quieto. 
Los hallazgos fueron sorprendentes: en primer lugar, los científicos observaron que la sincronía ocurre solamente cuando se le indica a uno de los individuos que intente mantener su dedo quieto. Esta sincronía es imperceptible a simple vista porque el movimiento es tan pequeño que el ojo no puede verlo. Para medirla, se utilizaron indicadores infrarrojos en la punta de los dedos y cámaras capaces de detectar estas señales. 
“Sólo hay verdadera sincronía cuando el movimiento es inconsciente”, dice Kyongsik Yun, que llevó a cabo el estudio junto a sus colegas del California Institute of Technology o Caltech. “Cuando les pedimos a los sujetos que conscientemente repitan el movimiento de la otra persona, la sincronía desaparece”, continúa. “Esto ocurre porque cuando se intenta replicar el movimiento, hay una demora de unos 100 a 500 milisegundos, ya que la señal debe viajar del ojo al cerebro y desde allí hasta el dedo. Pero cuando la sincronía es inconsciente, no se observa esta demora,” explica el Dr. Yun. 
Otro hallazgo importante del estudio es la observación de que la sincronía es mayor durante la última etapa del ejercicio, después de que los individuos han tenido entrenamiento y han interaccionado. 
Para saber qué parte del cerebro está involucrada en este proceso, los científicos midieron la actividad cerebral de los dos individuos mientras llevaban a cabo el experimento. Colocaron 128 electrodos, que es un número muy alto, sobre la cabeza de cada uno de ellos. Y esos electrodos se encargaron de trasmitir la actividad neuronal de los participantes en el experimento hasta una computadora. 
“Descubrimos -dice el Dr. Yun-, que las neuronas que se activan están en una zona del cerebro relacionada con la actividad social. Esto implica que la interacción social es la que aumenta la sincronía entre dos personas.”
Los investigadores repitieron los experimentos en personas que sufren de ansiedad en ambientes sociales y que tienen más dificultades para relacionarse con otros. Entre estos individuos no aumentaba la sincronía ni después de haber hecho entrenamiento o interacciones previas. Esto indicaría que la sincronía corporal está directamente relacionada con la capacidad de interactuar socialmente.
El Dr. Yun nos cuenta cómo llegó a interesarse por la sincronía: “Una vez leí en una revista que las luciérnagas suelen sincronizarse cuando iluminan: mandan señales de un grupo a otro. Este comportamiento, social y de apareo, es bello y preciso. Esto me interesó mucho, y quise estudiar la sincronía en los humanos”, dice.
Aunque probablemente seamos menos elegantes que las luciérnagas, sobre todo si entran en actuación lectores infrarrojos y electrodos, la sincronía entre personas es un fenómeno real. Quizás finalmente tengamos un método para medir la cercanía social, como la de una madre con su hijo o la de una pareja de enamorados, a través de la sincronía corporal.

Referencia bibliográfica: Interpersonal body and neural synchronization as a marker of implicit social interaction.
Fuente: http://www.sciencefriday.com/blogs/01/07/2013/sincronizando-con-amigos.html?audience=3

viernes, 20 de julio de 2012

Amistad divino tesoro


“Carecer de relaciones sociales tiene un efecto negativo para la salud equivalente a fumar 15 cigarrillos o beber seis vasos de alcohol al día”. Esa es una de las principales conclusiones de un estudio publicado recientemente y llevado a cabo por médicos y psicólogos de las universidades estadounidenses de Brigham Young (Utah) y Carolina del Norte. La investigación presenta una muestra tan amplia en el tiempo y en el espacio que resulta difícil no tomar sus resultados en consideración. El trabajo ha puesto bajo el microscopio los resultados de otras 148 investigaciones que habían ya evaluado los efectos de la amistad sobre un total de 309.000 personas de cuatro continentes, en todos los segmentos de edad posibles y durante un periodo medio de siete años y medio por estudio. Para los autores, “no disponer de una red social real de apoyo es un factor de mortalidad más potente que sufrir obesidad o llevar –afirman– una vida sedentaria y sin ejercicio físico”.


Disponer de lazos afectivos fuertes no sólo tiene equivalencias (tras cruzar métodos de estudio) con no fumar o evitar el alcohol, sino también con otros factores determinantes de mortalidad como la ausencia de vacunas, los efectos de la hipertensión, o la agresión de la polución en nuestro organismo.

“La influencia de las relaciones sociales sobre el riesgo de mortalidad es comparable con la de otros factores comunes asociados a ella. Los 148 estudios –detalla la profesora de Psicología Julianne Holt-Lunstad, cabeza visible del metaestudio– muestran un aumento del 50% de probabilidades de vivir más si se posee una sólida red de relaciones sociales”. El porcentaje, de por sí contundente, se eleva mucho más, en ocasiones “hasta el 91%”, si en vez de cruzar dos variables (por ejemplo, tenencia o carencia de amigos) se analizan un compendio de ellas (buena alimentación, ejercicio...). El trabajo no sugiere que vivir solo o estar bien a solas con uno mismo sea negativo, pero sí que el aislamiento va en contra de la naturaleza humana.

Un estudio epidemiológico y psicológico llevado a cabo durante más de diez años y centrado en la evolución clínica y psicológica de casi tres mil (2.835) mujeres con cáncer de pecho arrojó conclusiones reveladoras. Las cinco investigadoras (lideradas por la doctora Candyce Kroenke) descubrieron que aquellas con lazos afectivos más débiles (falta de familiares cercanos, amigos o hijos) tenían cuatro veces menos posibilidades de superar la enfermedad que las que tenían más de diez amistades. No sólo eso, el trabajo sienta una de las bases del poder de la amistad: que hay que cultivarla siempre, desde la infancia. De hecho, los resultados principales tomaban como referencia las amistades de las pacientes antes de ser diagnosticadas. A posteriori, el apoyo de amigos y familiares influía de manera parecida en los ratios de mortalidad y supervivencia. Por contra, otro matiz curioso, las investigadoras no hallaron relevante el porcentaje de supervivencia que las pacientes pertenecieran a una comunidad religiosa, ámbito de relación más propio de un modelo de sociedad norteamericano.

El problema, explican varios expertos consultados, es que la soledad y el aislamiento social ganan terreno y las personas cada vez tienen menos amigos de carne y hueso. “Las relaciones sociales se tienen que tomar en serio porque influyen en la salud”, concluye el trabajo que, una vez constatado el qué, deja para el futuro la incógnita del cómo esas relaciones sociales pueden tener su efecto máximo en la longevidad de una persona. La RAE habla de la amistad como de un “afecto personal puro y desinteresado”. Los estudios asocian amistad a supervivencia ya sea desde el punto de vista puramente epidemiológico, desde la vertiente más psicológica y sociológica e incluso desde la puramente química, la que rige las leyes de la neurociencia y gobierna nuestras terminaciones mentales.

Aún es incipiente, pero está empezando a emerger una literatura científica que busca los porqués del beneficio de la amistad en la longevidad de las personas. A riesgo de caer en el juego de la aguja en un pajar, varios estudios han tratado de localizar la actividad cerebral asociada a los efectos de la amistad y qué sustancias químicas entran en juego. Así, un equipo de la Universidad de Harvard, formado por Fenna Krienen y Randy Buckner, descubrió el año pasado tras cuatro experimentos con estudiantes en los que se visualizaban fotos de conocidos y desconocidos una actividad intensa en el córtex prefrontal medio, especialmente cuando la imagen que se tenía delante era la de un amigo. No sólo eso, los estímulos eran mucho mayores cuando los estudiantes recibían información de algún amigo aunque estos tuvieran pocos gustos en común mientras que la respuesta cerebral era mucho menor ante desconocidos aunque estos tuvieran más en común con el estudiante en cuestión. Para el cerebro, la cercanía sentimental tenía mucho más importancia que el hecho de compartir ideas.

Si la dopamina, la adrenalina y la serotonina son algunas de las hormonas que entran en acción cuando surge un sentimiento amoroso, los científicos están midiendo la respuesta cerebral a la amistad con el cortisol, agente que vendría a traducir la presencia o ausencia de amigos en momentos de tensión. Esta hormona, que se produce de manera natural por la glándula suprarrenal en casos de estrés, es una de los causantes de hiperglucemia y enemiga, por tanto, de la insulina y también del sistema inmunitario, y se le relaciona con casos de insuficiencia hepática y efectos antidiuréticos. A menos presencia de amigos, más cortisol y más estrés, con todo lo que eso conlleva: desde desórdenes respiratorios hasta taquicardias.

Un trabajo publicado el año pasado y llevado a cabo por expertos de la Concordia University en Canadá concluyó que, en un contexto de enfrentamiento entre alumno y profesor o con otro alumno, el cerebro infantil segrega menos cortisol si había cerca algún amigo y al revés. Otra investigación similar, llevada a cabo por la Universidad de Nimega, Holanda, halló que aquellos alumnos que eran excluidos por el resto o con lazos sociales más débil, segregaban más cortisol. En el estudio de las 3.000 pacientes con cáncer de pecho, el equipo de investigación pudo comprobar como el apoyo de un amigo reducía el estrés. La segregación de cortisol y “la reactividad del eje adrenalítico relacionado con la pituitaria y el hipotálamo”, una reacción “que parece ser más vital que instrumental”.

Una constante en las conclusiones de los distintos trabajos es la de que la huella de la amistad no sabe de edades ni de estatus. Y aunque muchas de las investigaciones están centradas sobre los poderes de la amistad en los mayores –segmento de población, que a priori, puede sufrir más la soledad– hay otras, como las anteriores, que revelan los efectos inmediatos de tener alguien en quien se confía cerca en un momento peliagudo.

“Estamos ante una cuestión clásica: cuanto mayor es el número de amigos, más incluso que la calidad de esas relaciones, mejor es el estado de salud de una persona, mejor la calidad de vida y más fácil el pronóstico hospitalario en caso revisión médica”. Al habla Fernando Rodríguez-Artalejo, profesor de medicina preventiva y salud pública de la Universidad Autónoma de Madrid, coautor de un estudio pionero en España sobre las redes sociales relacionadas con la salud de los mayores. “Los efectos de la amistad sobre la salud son más obvios porque existe una ayuda mutua, en cambio los mecanismos sobre las emociones ya no lo son tanto. De inicio mucho contacto social no tiene porque ser bueno de por sí, pero lo acaba siendo”, apunta.

Las relaciones ayudan a combatir “la enfermedad, la discapacidad y la muerte”, secunda el doctor Ángel Otero, pionero en la investigación en este campo en España junto con el citado Rodríguez-Artalejo y la profesora de la Universidad de Québec en Montreal (Canadá), Victoria Zunzunegui. Otero –que encabeza un conocido estudio de población en Leganés (Madrid) que arrancó en 1992 y aún continúa– es muy claro al afirmar que se ha podido establecer la verdad del binomio amistad es igual a longevidad: “Mueren más tarde los que tienen más relaciones sociales, sean familiares, de amistad…”.

Otero no plantea los efectos de las redes sociales como una especie de fármaco curativo sino más bien como un alimento que sienta bien al organismo y da bienestar: “Al equipo investigador nos interesaban las condiciones de salud de la población a partir de un componente social, hasta el punto que vemos que disponer de una red social extensa nos ayuda a ser independientes y autónomos”. A su juicio es vital la figura del confidente: “La necesitamos y es especialmente saludable. Se ha visto que el contacto con los amigos –añade– favorecía la salud mental y combatía la depresión”, explica el profesor que realza que “el sentimiento de utilidad”, sobre todo en personas mayores, es un factor que protege de la mortalidad “siempre y cuando no experimenten demandas excesivas”, advierte.

María Teresa Bazo es catedrática en Sociología en la Universidad del País Vasco y pionera en España en el campo donde se entrecruzan la sociología, la psicología y la evolución de las redes sociales. “De entrada tener amigos equivale a satisfacción, a tener buen ánimo. Es de las pocas relaciones a las que no estás obligado, los amigos sí puedes elegirlos”. Tanto la profesora Bazo como Rodríguez-Artalejo recuerdan que a diferencia de otras sociedades, la española y todas las de raíz mediterránea, han construido sus redes sociales a partir de la familia, aunque los tiempos están cambiando. “Los cambios demográficos configuran que ante un modelo familiar con cada vez menos hijos, los amigos tendrán cada vez más peso en la red social”, explica Bazo. El mapa de la amistad, por así llamarlo, empezaría a parecerse más a los de otros países donde las amistades se encuentran en la cercanía y eso, con la creciente movilidad social y laboral, implica no tener siempre a mano a la familia como principal sostén psicológico, apuntan los expertos.

Un apunte para la discusión: un estudio conducido por la Universidad de Adelaida (Australia) y que duró diez años concluía que el contacto del grupo demográfico estudiado con niños o familiares influía muy poco, mientras que aquellos con un mayor número de amigos vivían un 22% más que aquellos sujetos con una red social más débil.

Rodríguez-Artalejo muestra recelo a creer que algunas redes sociales (virtuales) suponen un verdadero granero de amistades: “Una cosa es la amistad y otra las redes sociales que pueden servir de plataforma para futuras amistades”, puntualiza. “En parte este tipo de redes –añade María Teresa Bazo- demuestran que cada vez más personas tienen menos amigos”. Se impone la duda de si redes como Facebook, o programas de mensajes gratuitos pueden equipararse a las amistades epistolares de antaño como las que mantuvieron, por ejemplo Groucho Marx y el poeta T.S. Eliot o amigos como Vincent van Gogh y Paul Gauguin o son incomparables.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20120323/54271990583/amistad-divino-tesoro.html

¡Feliz Día del Amigo!


"La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido"
Rabrindanath Tagore
 

domingo, 25 de marzo de 2012

No tener amigos es dañino para la salud

Estudio de UCLA sobre la amistad entre mujeres

Un trascendental estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) sugiere que las amistades entre mujeres son especiales. La investigación, denominada "Female Responses to Stress: Tend and Befriend, Not Fight or Flight" (Respuestas femeninas al estrés: Cuidar y hacer amistades, no pelear o escapar), indica que estas amistades dan forma a lo que somos y a la persona en que nos convertiremos. Calman nuestro revuelto mundo interior, llenan los vacíos emocionales que experimentamos en el matrimonio, nos ayudan a recordar quién somos realmente. Y hacen mucho más.
Hoy se sospecha, desde el campo científico, que el tiempo que pasamos con nuestras amigas puede, de hecho, contrarrestar ese tipo de estrés que nos revuelve el vientre y que experimentamos cotidianamente. El estudio de la UCLA sugiere que las mujeres reaccionamos a las tensiones con una cascada de químicos cerebrales que nos permiten entablar y mantener relaciones con otras mujeres. Es un hallazgo sorprendente que ha venido a revolucionar cinco décadas de investigaciones sobre el estrés - realizados en su mayoría con hombres.
"Hasta que este estudio fue publicado, los científicos creían que cuando las personas experimentan estrés generan una cascada hormonal que las lleva ya sea a pararse y pelear, o a escapar tan pronto como sea posible", explica Laura Cousino Klein, Ph.D., profesora auxiliar de Salud Bioconductual en la Universidad Estatal de Pennsylvania y una de las autoras del estudio.
Se trata de un ancestral mecanismo de sobrevivencia que nos ha quedado del tiempo cuando tigres de dientes filosos nos perseguían por el planeta. Ahora, las investigadoras sospechan que las mujeres cuentan con un repertorio conductual más amplio que ése de "pelear o escapar". De hecho, dice Klein, parece ser que cuando la hormona oxitocina es liberada como parte de las respuestas al estrés en las mujeres, ésta amortigua la reacción de "pelear o escapar" y las motiva, por el contrario, a cuidar de niñas y niños, así como a reunirse con otras mujeres.
Indican los estudios que cuando la mujer se involucra en cuidar y en entablar amistades, más oxitocina es liberada, lo cual contrarresta el estrés y produce un efecto calmante. Esta reacción calmante no ocurre en los hombres, afirma Klein, pues la testosterona -que ellos producen en elevadas cantidades cuando se encuentran bajo tensión- parece reducir el efecto de la oxitocina. El estrógeno, agrega, parece aumentarlo.
El descubrimiento de que las mujeres respondemos al estrés en forma diferente que los hombres fue hecho en unos de esos momentos compartidos por dos científicas, quienes un día conversaban en un laboratorio de la UCLA. Había un chiste según el cual, cuando las mujeres que trabajaban en el laboratorio estaban estresadas, entraban, lo limpiaban, preparaban café y se compenetraban entre sí, dice Klein. En contraste, los hombres que sufrían estrés se ocultaban en algún lugar por sí solos.
"Un día le comenté a mi colega, la investigadora Shelley Taylor, que casi el 90 por ciento de los estudios sobre el estrés se ha realizado con hombres", relata Klein. "Le mostré los datos de mi laboratorio y ambas supimos inmediatamente que habíamos encontrado algo interesante".
Las investigadoras prepararon su calendario y empezaron a reunirse con científicos de varias especialidades. Muy pronto, Klein y Taylor descubrieron que al no incluir a las mujeres en los estudios sobre el estrés, los científicos habían cometido un grave error: el hecho de que las mujeres respondemos a las tensiones de manera diferente que los hombres tiene implicaciones significativas para nuestra salud.
Podrá pasar un buen tiempo antes de que nuevos estudios revelen todas las formas en que la oxitocina nos motiva a cuidar y a hacer amistades con mujeres, pero la noción de "cuidar y entablar amistades" desarrollada por Klein y Taylor podría explicar por qué nosotras consistentemente vivimos más que los hombres. Un estudio tras otro ha revelado que los vínculos sociales disminuyen el riesgo de enfermedades al reducir la tensión arterial, las afecciones cardiacas y los niveles de colesterol. No hay duda, dice Klein, de que las amistades nos ayudan a vivir más.
En un estudio, por ejemplo, los investigadores encontraron que las personas que no tenían amistades presentaban un mayor riesgo de muerte en un periodo de seis meses. En otra investigación, quienes tenían el mayor número de amistades en un periodo de nueve meses redujeron en más del 60 por ciento su riesgo de muerte.
Las amistades también nos ayudan a vivir mejor. El famoso Estudio de Salud de Enfermeras, de la Escuela de Medicina de Harvard, reveló que mientras más amistades tenían las mujeres, menores eran sus probabilidades de desarrollar impedimentos conforme envejecían, y más probabilidades tenían de disfrutar una vida gozosa. De hecho, los resultados fueron tan significativos que los investigadores concluyeron que el no tener amistades cercanas o confidentes era tan dañino para la salud como el consumo de tabaco o el sobrepeso.
Eso no es todo. Cuando las investigadoras analizaron cuán bien funcionaban las mujeres tras la muerte de un esposo, descubrieron que aun frente a esta importante fuente de estrés, aquéllas que tenían una amiga cercana o confidente presentaban más probabilidades de sobrevivir esa experiencia sin ningún nuevo impedimento físico o pérdida permanente de la vitalidad. Por el contrario, las que carecían de amigas no tenían siempre tanta suerte.
Sin embargo, si las amistades contrarrestan el estrés que en la actualidad parece absorber una buena parte de nuestras vidas, si nos mantienen saludables y hasta añaden años a nuestra existencia, ¿por qué es tan difícil encontrar el tiempo para ellas? Es una pregunta que también preocupa a la investigadora Ruthellen Josselson, Ph.D., coautora de "Best Friends: The Pleasures and Perils of Girls and Women's Friendships" (Mejores amigas: Placeres y peligros de las amistades de niñas y mujeres) (Three Rivers Press, 1998).
Cuando estamos demasiado ocupadas con el trabajo y la familia, lo primero que hacemos es descuidar las amistades con otras mujeres, explica Josselson. Las empujamos a la hornilla trasera. Ése es un verdadero error, dado que las mujeres somos una fuente tan grande de fortaleza unas para otras. Nos nutrimos mutuamente. Y necesitamos tener un espacio sin presiones en el que pueda darse la clase de charla que tenemos cuando estamos con otras mujeres. Es una experiencia muy sanadora.

Texto de Gale Berkowitz
Traducción de Laura E. Asturias