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lunes, 10 de junio de 2013

Juegos de computadora para mantener la agilidad cerebral

Los juegos de capacitación cognitiva como "Double Decision" están diseñados para mejorar las funciones del cerebro y son el núcleo de un cuerpo de investigación creciente que estudia su eficacia, en momentos en que los científicos buscan formas de combatir los declives cognitivos que suelen venir con la edad.


Un estudio financiado por el gobierno estadounidense publicado en mayo descubrió que jugar al Double Decision puede reducir e incluso revertir el deterioro de la función cerebral vinculada al envejecimiento, mientras que hacer crucigramas no puede hacer lo mismo. El estudio avanza sobre un amplio ensayo anterior que estableció que las personas mayores que jugaron varios juegos cognitivos tuvieron mejores resultados de salud, un mejor historial en la conducción de autos y un mejor desempeño en tareas cotidianas como preparar una comida.
Esta investigación ha llevado a grupos como AARP, la asociación de personas mayores en Estados Unidos, a ofrecer descuentos para ciertos juegos que han mostrado beneficios comprobados.
Los doctores que trabajan con personas mayores indican que reciben muchas preguntas sobre juegos y ejercicios cerebrales. A pesar de los resultados prometedores de estudios, algunos doctores indican que aún no hay suficiente evidencia para demostrar que estos ejercicios les ayudan a las personas en la vida diaria.
"Lo que hacen es capacitar a las personas con un programa de computadora para salir mejor en una prueba" de funciones cognitivas, apuntó Barbara Messinger-Rapport, directora del Centro de Medicina Geriátrica en la Clínica de Cleveland en Ohio. "Pero, ¿significa eso que realizan mejor actividades en la vida real, como conducir… o administrar sus medicamentos?"


El juego Double Decision ayudó a mantener las funciones cerebrales.

Fredric Wolinsky, principal investigador del estudio más reciente y profesor en el Colegio de Salud Pública en la Universidad de Iowa, dijo que los estudios previos han demostrado que existen beneficios en la vida real de jugar ciertos juegos de computadora, incluyendo una reducción de los síntomas de depresión. Un estudio publicado en 2011 como parte de un ensayo de varios años financiado por el gobierno, conocido como ACTIVE, reveló que los participantes monitoreados durante seis años registraron 50% menos de accidentes automovilísticos tras la capacitación cognitiva, indicó Wolinsky, quien no participó en esa investigación. El estudio apareció en el Journal of the American Geriatrics Society.

La investigación más reciente, llamada Estudio de Mentes Sanas y Activas de Iowa, publicado en el portal académico PLOS ONE, fue un ensayo controlado y aleatorio con 681 personas saludables. Los participantes fueron divididos en dos grupos etarios, de 50 a 64 años, y de 65 en adelante. Las personas en cada grupo fueron asignadas a jugar Road Tour, que desde entonces ha cambiado de nombre a Double Decision, o a hacer crucigramas computarizados; algunos hicieron los ejercicios en el laboratorio y otros en sus casas.
Double Decision presenta brevemente al usuario una imagen de un vehículo y una señal de tránsito específica. Conforme la pantalla cambia constantemente y distintos vehículos y letreros van y vienen, los jugadores deben buscar e identificar los mismos vehículo y señal que aparecieron al comienzo del juego. El juego se vuelve más difícil a medida que los jugadores pasan a otros niveles, obligándolos a agilizar su velocidad mental a medida que se multiplican las distracciones y las imágenes se vuelven más difíciles de distinguir. El estudio, que fue financiado por los Institutos Nacionales de Salud de EE UU (NIH por sus siglas en inglés), consistía en jugar un mínimo de 10 horas durante un periodo de cinco a ocho semanas. Un grupo jugó cuatro horas adicionales después de 11 meses.
Antes de comenzar el estudio, los participantes recibieron pruebas cognitivas estándar, que en muchos casos incluían tareas de funciones ejecutivas como concentración y cambiar de una tarea mental a otra. Los resultados fueron calificados en relación al desempeño promedio en esas pruebas según la edad de los participantes.
Las mismas pruebas fueron repetidas un año más tarde. Las personas que habían hecho crucigramas manifestaron los típicos deterioros cognitivos tras un año, anotó Wolinsky. Pero los grupos que jugaron los juegos de computadora demostraron una clara mejoría comparado con la perdida normal de la función cognitiva con el paso de los años. La cantidad de mejoría rondaba entre dos a siete años, dependiendo de qué función ejecutiva se estaba evaluando. Las personas que trabajaron en casa mejoraron al mismo ritmo que aquellos que estuvieron en un laboratorio.
Las mejorías en el grupo más joven eran similares a las de los participantes más avanzados en edad. "Eso es realmente importante", señaló Wolinsky. Sugiere que "podemos empezar el proceso de recuperación antes, en lugar de esperar a que el descenso cognitivo se vuelva tan pronunciado".
El estudio se realizó después de una investigación similar —el ensayo ACTIVE— también patrocinado por NIH. En esa prueba, unas 2.800 personas mostraron mejor memoria, razonamiento y velocidad de procesamiento visual después de jugar una versión anterior del juego Double Decision, informó Wolinsky, que también participó en esa investigación.
El estudio ACTIVE también evaluó el tiempo que llevó realizar actividades diarias, como preparar una comida, y pruebas de desempeño, como leer tablas de precios para elegir el mejor operador telefónico, acotó. Los participantes demostraron un desempeño mejorado en comparación a aquellos que no recibieron esta capacitación cognitiva.

Fuente: http://online.wsj.com/article/SB10001424127887324063304578525300008583008.html?mod=WSJS_inicio_section_VidayEstilo

lunes, 20 de mayo de 2013

¿Todos vemos los mismos colores?


Imagínese que estamos admirando un atardecer en que el horizonte está calado con fuego dorado mientras que el azul profundo lo invade desde el lado opuesto del cielo. "¡Qué colores tan bellos!", exclamo, y usted asiente.
Por Tom Stafford
19 de mayo de 2013

Atardecer en la Albúfera. Wikipedia.org
Y luego, durante el silencio que sigue, me ataca una duda. Yo puedo apuntar al cielo y declarar que es azul, y usted estará de acuerdo. Pero, ¿estará usted realmente viendo el azul de la misma forma en que yo lo estoy viendo? Quizás usted sencillamente aprendió a llamar a lo que está viendo "azul", pero en realidad no está viendo nada parecido al espléndido azul que estoy viendo yo.
Admito que esta es una preocupación que se ubica en el ámbito de la filosofía y no de la neurociencia.

Quizás no importa la experiencia interior sino que todos llamemos a los colores por el mismo nombre. Pero si lo piensa un momento, implica que no está claro si alguna vez yo voy a tener acceso directo a cómo es ser usted, o usted a cómo es ser yo, o cómo es ser alguna otra persona o animal o cosa.
Mi preocupación quizás parece un poco más razonable cuando se considera el daltonismo, que afecta a más o menos el 8% de los hombres y 0,5% de las mujeres.
Muchas personas ni siquiera se dan cuenta de que son daltónicas. Viven entre gente que ve todos los colores, aprovechando el hecho de que usualmente hay otras diferencia entre las cosas de distintos colores que permiten distinguirlas, como intensidad o textura.

¿Cuán verde es mi jardín?
Nuestra visión de los colores empieza con los sensores en la parte posterior del ojo, que tornan la información de la luz en señales eléctricas en el cerebro. Los neurocientíficos los llaman fotorreceptores. Tenemos diferentes tipos y la mayoría de la gente tiene tres fotorreceptores distintos para la luz de color. Estos son sensibles a los azules, verdes y rojos, respectivamente, y la información se combina para permitirnos percibir toda la gama de colores.
La mayoría de los hombres daltónicos tienen una debilidad en los fotorreceptores para el verde, así que pierden sensibilidad a los tonos de este color.
En el otro extremo de la escala, algunas personas tienen una sensibilidad al color particularmente acentuada. Se los conoce como tetracrómatas, pues tienen cuatro fotorreceptores. Las aves y los reptiles son tetracromáticos y eso es lo que les permite ver radiación infrarroja y el espectro ultravioleta.
Los tetracrómatas humanos no pueden ver más allá del espectro visible de luz normal, pero su fotorreceptor extra los hace más sensibles al color en la escala entre el rojo y el verde, y por lo tanto a todos los colores en la gama de los humanos.
Para estos individuos, el resto de nosotros somos daltónicos.
Así que sí, compartimos este atardecer, quizás yo vi algo que usted no puede ver o viceversa. Pero si nuestros fotorreceptores son los tres tradicionales y funcionan bien, y la información que estamos recibiendo es más o menos la misma, quizás no.
No obstante, mientras el Sol se hunde lentamente en el horizonte, la duda sigue a flote. Lo que me preocupó originalmente es que, aunque tenemos la misma maquinaria y podemos ver el verde de los árboles, el rojo en el Sol y el azul en el cielo, cuando yo digo "azul" puedo estar creando una experiencia interior distinta a la de otros cuando ellos dicen "azul".

Detrás del azul de los ojos


Mi preocupación por su percepción interna del color azul es una faceta del aislamiento básico que es parte de la condición humana. Incluso si pensamos que es posible conocer realmente bien a otras personas, no podemos estar seguros de ello.
Históricamente, una rama de la psicología ha adoptado una postura llamada conductivismo, que pretende que los interrogantes sobre la experiencia interior son irrelevantes.
Ese enfoque afirma que si usted llama a mi azul "azul" y lo puede distinguir del rojo, y si ambos sabemos que ese es el color del cielo, mis ojos y el mar, ¿a quién le importa cómo es la experiencia interior?
Esta visión es sólida, pero quizás también es sabio tratar de convencernos de que la diferencia entre nuestras experiencias interiores es real y relevante -y que de hecho, es inevitable-.
Usamos palabras comunes y las utilizamos para nombrar experiencias compartidas, pero nadie puede ver el mismo atardecer, sencillamente porque la percepción es una propiedad de la persona, no del atardecer.
Y es que ser usted es único, así que ciertamente estamos viendo cosas distintas cuando hablamos de algo azul, así sea sólo porque el acto de ver incorpora sentimientos y memorias, así como la cruda información que llega a nuestros ojos.
En todo caso, el Sol ya se ocultó y nos vamos.
Podemos examinar nuestra vista para ver cuán afinada es nuestra percepción de los colores, pero nunca sabremos lo que es ser otra persona viendo un color. Con tal de que ambos podamos decir que es un bello atardecer, aunque quizás mi azul y el suyo no son exactamente los mismos, lo compartimos.
Y es ese compartir lo que es único para nosotros dos, pues no hay otras dos personas en el mundo que tengan las mismas dos mentes.

Fuente: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/05/130515_colores_finde.shtml

viernes, 17 de mayo de 2013

El sueño y las "ondas lentas"


Científicos de la Universidad Técnica de Múnich en Alemania, han logrado averiguar dónde y cómo se originan las ondas lentas del cerebro.




Un pulso breve de luz aplicado a un grupo local de neuronas a través de una fibra óptica puede inducir una onda de actividad neuronal que se propaga por toda la corteza. Esto aparece ilustrado aquí usando un modelo digital de cerebro de ratón. El experimento verdadero se efectuó con el cerebro intacto de un ratón vivo bajo el efecto de un anestésico. 
(Foto: Albrecht Stroh / © Universidad de Maguncia)


El proceso de dormir consta de dos etapas importantes: la de sueño de movimientos oculares rápidos (REM por sus siglas en inglés), que es cuando solemos soñar. Y la de sueño sin movimientos oculares (NREM), que incluye lo que se conoce como Sueño de Ondas Lentas, llamado así por las oscilaciones sincrónicas de las neuronas que se registran en el EEG (electroencefalograma), que adquieren la forma de grandes ondas lentas con una frecuencia de menos de 4 hercios. Se supone que estas ondas participan en procesos tales como la consolidación de los recuerdos.
Aunque se ha investigado bastante sobre las ondas lentas del cerebro, no ha habido forma hasta ahora de obtener respuestas definitivas sobre el mecanismo de circuito subyacente. ¿Dónde está el metrónomo de este ritmo? ¿Dónde se originan estas ondas, y dónde se detienen?
Ahora, unos científicos de la Universidad Técnica de Múnich en Alemania, han logrado averiguar dónde y cómo se originan las ondas lentas del cerebro.
El equipo de Arthur Konnerth ha mostrado de forma concluyente que las ondas lentas comienzan en la corteza cerebral, la región responsable de las funciones cognitivas. También ha comprobado que una onda de esa clase puede ser puesta en marcha por un pequeño grupo de neuronas.
Las investigaciones previas, las cuales se basaron principalmente en mediciones eléctricas, no tuvieron la resolución espacial necesaria para cartografiar con precisión la puesta en marcha y la propagación de las ondas lentas. Pero usando luz, el equipo de Konnerth, en colaboración con investigadores de las universidades de Maguncia en Alemania y Stanford en California, pudo estimular ondas lentas y observarlas con un nivel de detalle sin precedentes.
Un resultado clave de esta investigación confirma que las ondas lentas sólo se originan en la corteza, lo cual descarta otras hipótesis sostenidas durante mucho tiempo.
Otro hallazgo importante es que de los aproximadamente 100.000 millones de neuronas en el cerebro, basta con un grupo local de entre 50 y 100 neuronas en una capa profunda de la corteza, llamada capa 5, para poner en marcha una onda que se propague por todo el cerebro.


Fuente: http://noticiasdelaciencia.com/not/7192/descubren_la_fuente_de_las_ondas_lentas_del_sueno/

jueves, 9 de mayo de 2013

¿Cerebro de delincuente?



Las técnicas de neuroimagen identifican un área relacionada con la propensión a saltarse la ley. Un estudio con 96 presos identifica alteraciones asociadas al crimen. Los científicos discrepan sobre la genética del comportamiento humano
Por Emilio De Benito


Los 96 reclusos forman en fila india. Es su último día en prisión, pero antes de salir a la calle tienen que pasar por una última prueba: el detector de futura criminalidad. De uno en uno entran en la sala donde los médicos les colocan una especie de casquete. Sentados frente a un ordenador, los todavía reos tienen que responder a preguntas y usar unos videojuegos. Parece un examen del carné de conducir. Pero no les vale haberse entrenado ni saberse las respuestas. Al otro lado del cristal, un monitor va procesando sus estímulos cerebrales. Al ver los resultados de uno de ellos en pantalla, el doctor Khiel lanza una mirada cómplice al alcaide: “Este”, apunta. No necesita decir más. El director de la cárcel se vuelve hacia su ayudante: “Toma nota. El recluso 4.567 quedará libre, pero con vigilancia especial. Antes de que pasen cuatro años lo volveremos a tener aquí”. No es una película. Y, si lo fuera, no sería muy original, porque Spielberg, en su adaptación del relato Minority report de Philip K. Dick (1956), ya usó un argumento similar. Pero si quisiéramos hacer una nueva versión de la película, la frase de que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” no se podría usar. Más bien, para ser justos con los derechos de propiedad intelectual, en los títulos de crédito debería figurar otra que dijera: “Basada en una historia sacada de Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) en su versión recogida por Science y Nature”. No es poca cosa como fuente de inspiración: se trata de tres de las publicaciones científicas más importantes del mundo.
Las bases reales de este supuesto guión se están escribiendo en estos momentos. Las pruebas de neuroimagen son una herramienta cargada de posibilidades entre los investigadores. En este caso se utilizaron para medir la probabilidad de reincidir de un grupo de convictos. Y en ciencia, ya se sabe, después del primer paso vienen los demás. Y la idea de predecir el comportamiento —más aún el criminal— por métodos científicos es tentadora. Ya lo intentó Cesare Lomboso en el siglo XIX, con su intento de identificar y clasificar a los delincuentes en particular o a las personas en general por su aspecto. La teoría, nunca comprobada, tuvo bastante éxito, y sus coletazos llegaron hasta Antonio Vallejo Nájera e incluso a Gregorio Marañón. El franquismo en España intentó usar algo similar para identificar a rojos y otros desafectos, con sentencias en las que “la mirada” o “el prognatismo” se asociaban a comportamientos perseguibles.
En este caso, se utilizó neuroimagen para ver qué pasaba en una diminuta porción del cerebro, el córtex del cíngulo anterior (CCA). En concreto, los investigadores de la ONG Mind Research Network de Albuquerque (Nuevo México) consiguieron el permiso para estudiar el cerebro de 96 hombres justo antes de salir de prisión. Los sometieron a una serie de preguntas y pruebas en las que tenían que poner en juego su sistema de toma de decisiones o inhibir sus respuestas más impulsivas. Con la resonancia magnética midieron la actividad del CCA de cada uno durante el proceso.
Esta fue solo la primera parte del ensayo. Aunque todos habían sido condenados y todos respondían a los mismos estímulos, la actividad del CCA era variable. En unos se detectaba el aumento propio de un funcionamiento acelerado; en otros, nada.
El experimento se completó con un seguimiento de la reincidencia de estos voluntarios durante cuatro años. Y el resultado llegó al cruzar los datos de aquella primera prueba de neuroimagen con su registro delictivo: aquellos que mostraban una menor actividad en el CCA tenían unas tasas de reingreso en prisión 2,6 veces mayor que los demás. Más aún: la proporción subía a 4,3 veces si se tomaban solo delitos no violentos. Y todo ello después de descartar el efecto en el futuro comportamiento de los investigados de factores como la adicción a sustancias.

El supuesto doctor Khiel de la historia (un nombre no tan ficticio porque Kent Khiel es el neurólogo de la ONG que ha dirigido el trabajo) tenía, por tanto, una base seria para advertir al alcaide del riesgo potencial de quienes iba a poner en libertad.
La tentación inmediata de esta historia sería hacer la prueba de la neuroimagen a todo el que vaya a dejar la cárcel. En función del resultado, ya se sabría a quién habría que poner especial vigilancia. Quizá, llegado al extremo, se podría pensar en no excarcelarlo. Aún más, siguiendo el giro que dio Spielberg a la historia, ni siquiera habría que esperar a que las personas delincan por primera vez: se les podría detener antes de que lo hicieran. Pero los propios autores del estudio descartan que esto pueda usarse tal cual. Con los pies en la tierra, Khiel, el neurólogo real que ha dirigido el trabajo, es categórico: “No es algo para aplicar ya”.
Sin embargo, el estudio no deja indiferente a los científicos. Miquel Bernardo, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB), empieza por destacar la importancia de las publicaciones en las que se ha presentado. No es un guión destinado a consumo masivo y a ser disfrutado con un cubo de palomitas. Pero, en su papel de representante del mundo de la ciencia, a renglón seguido, advierte contra la traslación tal cual de los resultados de las técnicas de neuroimagen. Estas “han creado expectativas muy esperanzadoras y optimistas para la predicción y tratamiento de conductas y enfermedades mentales”, pero este entusiasmo “va por oleadas” y “ahora se está enfriando”, advierte, de una manera similar a lo que ocurrió con el Proyecto Genoma de hace más de 10 años, que causó una fiebre por identificar genes relacionados con todo, desde obesidad a autismo, y ahora mismo esas informaciones, valiosas sin duda, pasan ya desapercibidas.
Lo ideal, indica el experto, sería que se pudiera asociar un área del cerebro de manera unívoca a una conducta, pero el comportamiento humano es tan complejo que eso no es posible, por lo que todos estos estudios hay que tomarlos como “ayudas o pistas”, pero “nunca de manera definitiva”, dice Bernardo. 
“Lo que está claro es que en el cerebro está el sustrato de la conducta humana”. Con algo más de poesía, el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás decía en una entrevista concedida a este periódico en 2009 que “el alma está en el cerebro”.
Según este estudio, la variación en la actividad cerebral puede asociarse a la comisión de delitos pasados o futuros, pero la psicóloga forense Rocío Gómez Hermoso cree que tal y como este está diseñado el estudio no sirve para discriminar si la neuroimagen refleja una causa o un efecto. “Si es un efecto del comportamiento anterior, no serviría de nada”.
Lo que está detrás de estos intentos es la base de las disquisiciones sobre el comportamiento humano desde hace 30 siglos: si nacemos de una manera o nos hacemos. Se puede aplicar a prácticamente todo: inteligencia, orientación sexual, propensión a delinquir, bondad —el hombre como lobo para el hombre de Hobbes o el buen salvaje al que la sociedad corrompe de Rousseau— o la creatividad. Trasladado al lenguaje de hace medio siglo, es el debate entre genotipo, lo innato, y fenotipo, lo adquirido. Santiago Ramón y Cajal lo complicó todo más y lo llevó al mundo más científico al describir la plasticidad del cerebro: este determina lo que hacemos, pero cambia según lo que nos pasa.
Desde su desarrollo, la neuroimagen se ha usado para medir qué pasa en el cerebro en todo tipo de situaciones: al sentir hambre o ira, al estar sano o enfermo, al leer, al recordar, al conducir, y también en otras donde parece que el aparataje necesario (una especie de secador de pelo que es el encargado de medir qué partes del cerebro se activan —o no— en cada momento) es más complicado de aplicar, como al practicar sexo o arbitrar un partido de fútbol.
Obviamente, Khiel no había elegido estudiar el CCA al azar.Ya en pruebas más generales se había visto que el CCA, como indica en un artículo John Allman, del California Institute of Techonology (Caltec), era un área de “interfaz entre la emoción y el conocimiento”, con competencias sobre el “autocontrol emocional, la resolución de problemas, el reconocimiento de errores y una respuesta adaptativa a condiciones cambiantes en yuxtaposición con las emociones”. Por todo esto, no se ha estudiado todo el cerebro. La elección del área sobre la que se investigó, el CCA, es lógica. “Está relacionada con la impulsividad y el autocontrol”, resume Bernardo. “Una desregulación de este área significaría vulnerabilidad ante cierto tipo de conductas”, añade.
No es que los científicos tengan especial predilección por el CCA (aunque su riqueza potencial lo justificaría). Cada emoción y actividad se corresponde con una o varias zonas del cerebro, desde respirar a pensar en física cuántica. O, al menos, eso es lo que creemos. Y es que el sistema neurológico es, seguramente, el más desconocido del cuerpo humano. Su núcleo, encerrado por los fuertes huesos del cráneo, es el cerebro, el órgano más misterioso. Resulta casi imposible de manipular en vivo. Como si se le pudiera aplicar el principio de incertidumbre de Heisenberg, medirlo implicaría alterarlo. Y de ahí el auge de las técnicas de imagen, como la resonancia, que son las que más se acercan a ver cómo funcionan sus engranajes sin tener que entrar dentro de él.
Por eso, Bernardo cree que la lectura positiva que se puede sacar de este trabajo, más que lo “exótico” de sus planteamientos —el juego mental sobre el posible guión que saldría de la historia—, es que se avanza en dirección hacia unos “nuevos biomarcadores”. Si en otras enfermedades, como el cáncer, se buscan proteínas o células que indiquen lo que le pasa al paciente, en el caso de las enfermedades mentales las técnicas de imagen pueden ser un agente fundamental, “y no solo para predecir conductas, sino, más importante, para definir tratamientos”, añade el psiquiatra. “Tiene una utilidad funcional y estructural para validar diagnósticos, tratamientos y efectuar pronósticos”.
Centrada en el trabajo, Rocío Gómez Hermoso, psicóloga forense desde 1995, señala las debilidades que ve en el estudio. Aunque reconoce lo atractivo que puede resultar, “concluir algo de un trabajo tan incipiente es problemático”, afirma. Para la psicóloga de vigilancia penitenciaria, hay tres inconvenientes grandes en el artículo. “Son solo 96 personas, que son pocas, solo se las sigue durante cuatro años y falta comparar con el resultado que darían en la prueba personas que no hubieran estado en prisión”. “Tampoco sabemos la tipología exacta ni a violencia de sus delitos”. “De hecho, los propios autores reconocen que no saben cómo pueden influir otros elementos”, indica la psicóloga.
Contra los fuegos artificiales de una tecnología muy llamativa pero con resultados controvertidos, Gómez Hermoso ofrece la realidad del día a día de su trabajo. “Estamos haciendo un estudio con 150 personas que hemos evaluado, y hemos acertado —tanto para indicar que van a reincidir como que no— en el 96% de los casos”.
Para ello, Gómez Hermoso y su equipo han recurrido a la metodología tradicional: “Medir mediante entrevistas, la observación y las guías de valoración, básicamente la asunción de la autoría y su responsabilidad; analizar si existen o no rasgos psicopáticos”. Por eso, asegura: “Ni tenemos el equipamiento para hacer esas mediciones de neuroimagen, ni lo necesitamos”.
O, por lo menos, no lo necesita de momento.

Fuente:http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/27/actualidad/1364411067_127743.html?rel=rosEP

domingo, 5 de mayo de 2013

Escuchar nueva música nos causa placer


Científicos canadienses descubrieron que la zona del cerebro responsable de hacernos sentir bien se activa cuando oímos una nueva melodía.


Escuchar música nueva es gratificante para el cerebro. Ésta es la conclusión de un estudio publicado en la revista Science.
Con la ayuda de imágenes por resonancia magnética, un equipo de científicos canadienses descubrió que la zona del cerebro de recompensa se activa cuando la persona escucha por primera vez una melodía. En la medida en que el oyente disfrutaba más de la música, más fuertes eran las conexiones en la región del cerebro conocida como núcleo accumbens.
"Sabemos que el núcleo accumbens tiene que ver con la recompensa", le dijo a la BBC el doctor Valorie Salimpoor, del Instituto de Investigación Rotman, en Toronto.
"Pero la música es abstracta. No es como si tuvieras hambre y estuvieses a punto de conseguir comida y te entusiasmaras porque vas a comer. Lo mismo que ocurre con el sexo o el dinero, que es cuando normalmente se ve actividad en el núcleo accumbens".
"Pero lo interesante es que te estás anticipando y emocionando por algo totalmente abstracto, y eso es el próximo sonido que se acerca", agregó.

Canciones nuevas

Para el estudio -realizado en el Centro Neurológico de Montreal de la Universidad McGill-, los científicos les tocaron 60 fragmentos de música nueva a 19 voluntarios, sobre la base de sus preferencias musicales. Mientras escuchaban las pistas de 30 segundos, los participantes podían comprar en una tienda de música en línea ficticia la música que les gustaba.
Todo esto se llevó a cabo mientras los voluntarios estaban acostados en una máquina de resonancia magnética.
Con este análisis, los científicos descubrieron cómo el núcleo accumbens se iluminaba. Y en función del nivel de actividad, los expertos pudieron predecir la probabilidad de que un participante "comprara" una canción.
"Cuando estaban escuchando la música, pudimos observar su actividad cerebral y averiguar cómo la apreciaban o disfrutaban antes incluso de que nos dijeran algo", dijo Salimpoor
"Y esto foma parte de la nueva dirección que está tomando la neurociencia; tratar de entender lo que piensa la gente, deducir sus pensamientos y motivaciones y, finalmente, su comportamiento a través de su actividad cerebral".
Los investigadores descubrieron que el núcleo accumbens también interactúa con otra región del cerebro conocida como las retenciones auditivas corticales.
Ésta es un área que almacena información de sonido en base a la música a la que con anterioridad han sido expuestas las personas.
"Esta parte del cerebro es única para cada individuo, debido a que todos hemos escuchado diferentes tipos de música en el pasado", explicó el Dr. Salimpoor.
Los investigadores quieren saber ahora cómo esto conduce nuestros gustos musicales, y si nuestra actividad cerebral puede explicar por qué las personas se sienten atraídas por los diferentes estilos de música.

fuente: http://www.finanzaspersonales.com.co/hogar-y-familia/articulo/por-que-escuchar-nueva-musica-causa-placer/49572

domingo, 14 de abril de 2013

Creatividad y neurociencia


De pronto, un momento de inspiración. Comprendemos, vemos una conexión, una solución, una causa. ¿Pero qué sucede en el cerebro cuando surge una nueva idea? ¿Es la creatividad un proceso al azar o puede ser alimentada? La ciencia cuenta ahora con nuevas herramientas que permiten literalmente "ver" qué sucede en el cerebro antes de la inspiración.
BBC Mundo, abril de 2013

En un programa de la serie televisiva Horizon, la BBC habló con expertos que exploran los procesos neurológicos previos al momento "eureka". Y su trabajo sugiere cinco vías para aumentar la creatividad.

Hacer cosas en forma diferente
Si uno busca respuestas innovadoras para un problema, hacer algo tan simple como cambiar la rutina puede ayudar a encontrar la solución. Cambiar pan por cereal en el desayuno o intentar una nueva ruta para llegar trabajo son algunas opciones.
La psicóloga Simone Ritter, de la Universidad Radboud Nijmegen en Holanda, realizó experimentos de innovación con sus estudiantes. En uno de ellos, el estudiante se coloca un casco y lentes especiales que le permiten interactuar con un mundo virtual.
Pero esta nueva realidad no obedece a los principios de la física. Los objetos se elevan al caerse de una mesa y se ven cada más pequeños al acercarnos. Tras navegar algunos momentos por este mundo desconocido, los estudiantes logran mejores resultados en pruebas de creatividad.
La Dra Ritter también pide a los estudiantes, por ejemplo, que preparen un tradicional sándwich holandés, de pan con mantequilla y grajeas de chocolate, pero no en el orden usual.
Preparar un sándwich en un orden inusual puede ayudar, según la Dra Ritter.
En lugar de untar una rebanada de pan y verter grajeas sobre la misma, ¿por qué no poner las grajeas en el plato primero y luego frotar en ellas el pan enmantecado?
Ejercicios de este tipo producen mejores resultados en tests de creatividad, asegura Ritter, quien recomienda experiencias nuevas. La investigadora misma experimenta por primera vez en el programa de la BBC ser copiloto de un planeador, una aeronave que se desplaza sólo por fuerzas aerodinámicas y carece de motor.
Cambiar la rutina puede ofrecernos una perspectiva refrescante y resultar en nuevas conexiones neuronales que se traducen en ideas originales, según Ritter.
Disminuir las distracciones
Reducir las distracciones parece ser importante en el camino hacia una epifanía.
Cortar el ruido exterior puede ayudar a "ver" soluciones.
Roald Dahl, el prolífico autor de cuentos británico, no permitía casi visitas al cobertizo en su jardín donde creaba sus historias. Y el escritor estadounidense Jonathan Franzen escribió su novela "Las Correcciones" (2001) usando tapones para los oídos y una venda en los ojos.
Los neurólogos creen que el momento de la inspiración ocurre en el hemisferio derecho del cerebro, en un área cercana a la parte frontal que se denomina giro temporal superior. Algunos estudios indican un aumento significativo de ondas gama desde esta zona cuando surge una idea.
Pero justo antes de que ello suceda se registra en la parte posterior del cerebro un incremento de ondas alfa, las ondas asociadas con el relajamiento, explica el profesor John Kounios, de la Universidad Drexel, en Filadelfia, Pensilvania (Estados Unidos).
El investigador explicó que captamos información permanentemente, pero las ondas alfa le permiten al cerebro tomarse una pequeña pausa, algo similar a lo que ocurre cuando cerramos momentánemente los ojos al pestañear.
Ese "pestañeo" en el tráfico de información permite que una conexión tenue salga a la superficie como una nueva idea. "Cuando le preguntamos a alguien una pregunta difícil, es común que miren a la distancia o bajen la mirada por un instante. Miran a cualquier lado pero no a nuestro rostro que los distrae", señala Kounios.
Si nuestra atención se dirige "hacia adentro" es más probable que podamos resolver un problema en un destello de inspiración, según el científico.

Trabajar en tareas mundanas
Otra actividad que puede ayudar a la creatividad es trabajar momentáneamente en tareas que requieran concentración mínima. Darwin caminaba todos los días por el sendero cercano a Down House, su casa en las afueras de Londres.
El profesor Jonathan Schooler de la Universidad de California, Santa Barbara, planteó tests de creatividad a tres voluntarios. Luego de buscar soluciones, cada voluntario "descansó" con una tarea diferente: no hacer nada, hacer algo difícil, o cumplir una tarea rutinaria como ordenar cubos por colores, que no requiere demasiada concentración. La tercera opción es la que llevó a mejores resultados al reanudar posteriormente los tests de creatividad. Durante esa tarea rutinaria el inconsciente parece seguir un proceso de "recombinación" que lleva a nuevas soluciones.
"Si están atascados, tómense un descanso. Eso permite que los procesos inconscientes sigan activos. Pero no se queden simplemente allí sin hacer nada, salgan a caminar o tomen un ducha o dedíquense un momento a la jardinería", aconseja Schooler.
Gregor Mendel, considerado el padre de la genética, pasó años contando y observando pacientemente los guisantes que cruzó para descifrar los principios de la transmisión hereditaria.

No tener miedo de improvisar o arriesgarse
El científico Charles Limb de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Estados Unidos, asegura que todas las personas son creativas aún cuando a veces no se den cuenta de ello.
"Si la gente piensa en su comportamiento diario, verá que es en gran medida improvisado, ya que no planeamos segundo a segundo qué vamos a hacer", señala el investigador.
Además de otorrinolaringólogo, Limb es un músico amante del jazz y ha venido utilizando esa pasión en sus investigaciones, pidiendo por ejemplo, a conocidos artistas que improvisen en un pequeño teclado mientras se encuentran en un tomógrafo para estudiar su cerebro.
Limb señala que los músicos de jazz, los dibujantes de historietas y los raperos, todos acostumbrados a improvisar, experimentan cambios en la corteza prefrontal del cerebro en momentos creativos.
"En estos músicos constatamos una especie de suspensión temporal en esa corteza prefrontal", señala el investigador.
En estas profesiones es menos probable que las personas sientan que deben monitorear su comportamiento y por ello acaban tomando más riesgos.

Dejar que la mente divague
Charles Darwin estaba leyendo el ensayo de Thomas Maltus sobre el crecimiento de la población cuando cristalizó su teoría de la selección natural, según relatos.
Y Arquímedes, el científico griego a quien se atribuye el uso del término "eureka", supuestamente lo usó cuando descubrió, mientras tomaba un baño, el principio para determinar el volumen de un objeto de forma irregular.
"Darwin estaba leyendo a Malthus cuando "cristalizó" su teoría sobre la evolución, según relatos".
La inspiración para las notas de papel autoadhesivas Post It le llegó a Arthur Fry cuando buscaba una forma de marcar las páginas de su libro de himnos durante un servicio religioso. Fry se dio cuenta de que podía usar una sustancia adhesiva inventada por su colega Spencer Silver para crear notas autoadhesivas.
El Dr Rex Jung, de la Universidad de Nuevo México en Estados Unidos, ha observado que durante un proceso creativo se producen cambios en los lóbulos frontales. Cuanto menos actividad exista en esa zona, más probable es que surja una idea original.
"La materia blanca está formada por más de 150.000 kilómetros de conexiones".
Y Jung asegura que es posible desencadenar temporalmente ese estado cerebral meditando o saliendo a correr.
El investigador señala que lo importante es qué sucede con la materia blanca del cerebro, el intrincado sistema de fibras, parte del sistema nervioso central, formado por más de 150.000 kilómetros de conexiones.
Aunque el momento en que se prende la lamparita parece instantáneo, puede ser que la idea haya estado dando vueltas en nuestro inconsciente durante algún tiempo antes de que seamos conscientes de ella.
De acuerdo al trabajo del Dr Jung, los cerebros más inventivos están menos organizados, de forma que el tráfico neuronal desciende y eso crea la oportunidad para que se produzcan conexiones más inusuales.

Fuente: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/04/130321_formas_aumentar_creatividad_am.shtml

lunes, 4 de marzo de 2013

El amor: una apoteosis química. (1)


“Uno debería vivir siempre enamorado. Por eso no debería casarse”. Así de rotundo se mostraba el escritor irlandés Oscar Wilde, convencido de que el compromiso acababa apagando la llama del amor. Dejando a un lado la figura del matrimonio, su reflexión iba más allá, al pensar que un amor duradero, sostenido en el tiempo, perdía su esencia con el paso de los años. Y esa pregunta sigue rondando por la cabeza de millones de personas de todo el mundo: ¿podemos vivir tan enamorados como el primer día?
Publicado originalmente por Laura Chaparro en SINC


El amor es la droga más potente que existe, y no una es una frase hecha. Su efecto es similar al de algunos analgésicos, puesto que enciende zonas cerebrales que reducen el dolor, según una investigación de la Universidad de Stanford (Estados Unidos). Y como ocurre cuando una persona adicta a las drogas las deja, cuando el amor se rompe, las consecuencias de la adicción son tan fuertes que pueden desembocar en graves comportamientos depresivos y obsesivos, tal y como señala otro estudio del Albert Einstein College of Medicine (Estados Unidos), dirigido por la reconocida antropóloga Helen Fisher.
Ese estado de embriaguez amorosa inicial no es sostenible en el tiempo. En eso los científicos están de acuerdo puesto que ningún organismo sería capaz de soportar tal éxtasis de forma permanente. Sin embargo, aunque la excitación tienda a relajarse, el amor romántico sí puede perdurar. La droga romántica es la ‘culpable’ de que nuestro cerebro y todo nuestro cuerpo experimenten una apoteosis química, con emociones que van desde la euforia a la ansiedad, pasando por la sorpresa, el miedo y la obsesión.

Como el primer día
En 2011, la neurocientífica Lucy L. Brown, del Albert Einstein College of Medicine, describió junto a Helen Fisher lo que sucede en el cerebro de parejas con relaciones de largo recorrido. “Nos centramos en aquellas personas que decían estar enamoradas como los primeros meses, aunque llevaban juntas diez años o incluso más”, explica Brown a SINC.
El estudio, titulado Correlaciones neurales del amor romántico intenso de larga duración, es el primero que investiga las implicaciones que tiene este tipo de amor duradero en el sistema nervioso.
Diferentes teorías apuntaban a que no era posible que la intensidad del amor se prolongara en el tiempo. El cuidado de los hijos podía apagar la llama de la pareja, o bien el amor, con el paso de los años, se transformaba en una amistad profunda entre ambos, sin necesidad de que existiera deseo sexual. El mismo Sigmund Freud especuló con que la pasión en relaciones largas respondía a una patología o a una sobreidealización por parte de uno de los dos miembros.
Los resultados mostraron que cuando veían la imagen de su pareja, su cerebro se comportaba de forma similar al de las personas recién enamoradas, al activarse las regiones que fabrican dopamina, situadas principalmente en el área ventral tegmental. Además, también se excitaban las regiones asociadas con el apego maternal y la amistad. “Sin embargo, otras teorías sugieren que podría haber mecanismos con los que el amor podría sostenerse en el tiempo en una relación”, destacan las autoras en su estudio. Para averiguarlo, escogieron a diez hombres y siete mujeres casados durante una media de 20 años. A todos ellos les sometieron a una resonancia magnética, y dentro del escáner les mostraron imágenes de sus parejas, de amigos íntimos, de familiares cercanos y de parientes lejanos.
El hallazgo de que la dopamina tuviera también un papel importante en esta fase les sorprendió por lo que entrañaba. Esta hormona es la responsable de la euforia, tan común en el comienzo de las relaciones, y es un neurotransmisor que regula el sistema de recompensa, encargado de que respondamos a estímulos que causan placer o desagrado.
“Los resultados sugieren que el sistema de recompensa que se activa en determinadas parejas duraderas se puede prolongar en el tiempo como ocurre con un nuevo amor, pero también está relacionado con los sistemas implicados en el apego y el emparejamiento”, apuntan en el estudio.
Continuará...

Fuente: http://www.sciencefriday.com/blogs/02/14/2013/para-toda-la-vida-bases-neuroqu-micas-del-amor-duradero.html?audience=3

viernes, 1 de marzo de 2013

Alzheimer ¿el precio de nuestra inteligencia?


La evolución cerebral se esconde detrás del origen de la enfermedad de Alzheimer. El Alzhéimer es el precio que la especie humana tiene que pagar por sus capacidades cognitivas. Así concluye un nuevo trabajo, publicado en la revista Journal of Alzheimer’s Disease, liderado por el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana. Los autores sostienen que dicha sensibilidad al proceso neurodegenerativo es la consecuencia secundaria de la especialización y de la complejidad metabólica de nuestras áreas parietales.




Representación evolutiva del cerebro del Homo sapiens. / CENIEH.

CENIEH | 28 febrero 2013 11:25
Un nuevo estudio, liderado por Emiliano Bruner, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), y Heidi Jacobs, neurosicóloga del Instituto alemán de Neurociencia y Medicina de Jülich, propone un marco evolutivo al origen de la enfermedad de Alzheimer.
El trabajo, publicado en la revista Journal of Alzheimer’s Disease, sugiere que la sensibilidad al proceso neurodegenerativo sería el precio que tenemos que pagar los Homo sapiens para tener las capacidades cognitivas peculiares de nuestra especie.
De acuerdo con la hipótesis formulada en este artículo, dicha sensibilidad al proceso neurodegenerativo del Alzhéimer es la consecuencia secundaria de la especialización y de la complejidad metabólica de nuestras áreas parietales. “De hecho, en las primera fases de esta enfermedad se observa un déficit metabólico, es decir en la gestión de la energía, de estas misma áreas que caracterizan el origen de nuestra especie”, explica Bruner.
Se supone que la evolución de las áreas parietales se relaciona con las capacidades cognitivas. En este sentido, el registro fósil y paleoneurológico muestra que nuestra especie se caracteriza en geometría cerebral por una marcada reorganización de dichas áreas y quizás de su sistema vascular.
Estos procesos de crecimiento y desarrollo que llevan a estos cambios cerebrales están ausentes en los simios antropomorfos, así como en homínidos con gran volumen cerebral como los neandertales. Además, en los tejidos neurales, en la corteza parietal profunda, los humanos tenemos áreas que tampoco se encuentran en los otros primates.

El precio de nuestra inteligencia
Por tanto, este desarrollo de las capacidades cognitivas del Homo sapiens puede que haya conllevado una mayor sensibilidad a defectos metabólicos: balance energético, toxinas, gestión del calor, etc. Y como señala Bruner, el precio que tendríamos que pagar por disfrutar de nuestras capacidades peculiares.
El Alzheimer sólo se conoce en nuestra propia especie. Bruner concluye que el silencioso filtro de la selección natural sólo reconoce las ventajas cognitivas y ninguna de sus desventajas, ya que al afectar a edades tardías, este 'efecto secundario' no influye sobre las capacidades reproductivas del individuo.
Los autores no plantean directamente una cura para una patología como el Alzhéimer, pero puede ofrecer una interpretación diferente de sus causas, acercándose a sus mecanismos no desde su situación presente, sino desde su pasado.

Referencia bibliográfica:
Bruner E., Jacobs H.I.L. 2013. "Alzheimer’s Disease: the downside of a highly evolved parietal lobe?". J. Alzheimer’s Disease DOI 10.3233/JAD-122299

fuente: http://www.agenciasinc.es/Noticias/La-evolucion-cerebral-se-esconde-detras-del-origen-de-la-enfermedad-de-Alzheimer

miércoles, 30 de enero de 2013

Neurocientíficos en busca de la conciencia


Un grupo de neurocientíficos, armados con tomógrafos y microscopios de última generación, están logrando fotografiar la zona más recóndita del cerebro. La recompensa sería enorme: saber cómo funciona la conciencia.
por Johan Von Grolle


El vuelo rasante nos lleva por un laberinto de fibras grisáceas. La mirada del piloto se dirige hacia una especie de túnel. Su misión: internarse en él. Se trata de un vuelo a través de una región nunca recorrida, pero aquí, en el Instituto Max Planck, se está haciendo realidad: viajar a través de la materia cerebral.
Cada uno de los túneles o cables pertenece a neuronas reales: las pequeñas juntas que las conectan, las capas de grasa que envuelven las fibras nerviosas, las diminutas pompas que son los neurotransmisores... Todo, de verdad; reflejo de un tejido que existe en la realidad.
El investigador del Instituto Max Planck de Múnich Moritz Helmstädter ha cortado una brizna de sustancia cerebral, del tamaño de un grano de azúcar, en miles de secciones, luego ha fotografiado cada una de ellas con el microscopio electrónico y ha reunido las imágenes con el ordenador. El resultado: ahora puede volar a su antojo a través de la sustancia de la que están formados los deseos, las esperanzas y los sueños. Un chisporroteo eléctrico en algún rincón de esa tupida malla neuronal es lo que nos hace sentir tristeza o sonreír, lo que controla el movimiento de nuestras manos, lo que nos hace recordar noches de amor y resolver problemas matemáticos.
Helmstädter forma parte de un grupo de científicos rebeldes que se han propuesto revolucionar la neurología. Su credo es que esta disciplina se encuentra en un callejón sin salida y que solo con una aproximación nueva y radical es posible avanzar en las investigaciones.
Lo cierto es que, aunque los neurocientíficos proliferan, el balance de sus progresos es desalentador. Desde que Descartes formulara su famoso «pienso, luego existo», los investigadores se han afanado en comprender el funcionamiento de la mente. Pero nadie ha logrado explicar cómo un kilo y medio de proteínas y grasa produce un flujo inmaterial al que llamamos 'pensamiento'. Es decir: sigue sin saberse cómo de la materia pueden surgir las ideas. Por otro lado, los neurocientíficos tampoco han conseguido grandes resultados prácticos. Da igual que hablemos de autismo, esquizofrenia o depresión, la ciencia no ha identificado las causas de estos trastornos. No saben qué falla en el cerebro.
Helmstädter y sus colegas creen conocer la razón del fracaso: han pasado por alto la propiedad esencial del cerebro, esto es, que se trata de una red altamente interconectada. Apenas se sabe nada sobre la conexión de los cien mil millones de neuronas que hay en nuestras cabezas. Sí se han estudiado neuronas aisladas: sus canales, sinapsis... Pero de todos esos datos no es posible derivar la comprensión de los procesos mentales. «No se puede entender el bosque a partir del estudio de un par de árboles», confirma el neurocientífico Sebastian Seung, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). «Una única célula nunca podrá realizar acciones inteligentes», explica. Solo al estar conectada con las demás surge una mente, una personalidad, un yo pensante, sensible.
La palabra clave es 'conectoma'. Describe el conjunto de todas las conexiones del cerebro. «Solo hay que cartografiarlas», añade Winfried Denk, investigador de Heidelberg especializado en topografía cerebral. Denk plantea un proyecto de dimensiones épicas: hasta el momento, los científicos solo han conseguido explorar el conectoma de un organismo, el Caenorhabditis elegans, un gusano de un milímetro con solo 302 neuronas. Tardaron doce años en hacerlo. ¡Qué difícil será afrontar esta misma tarea con el Homo sapiens! Unos cinco millones de kilómetros es la longitud conjunta de todas las fibras nerviosas reunidas bajo el cráneo humano. ¿Cómo se podrá seguir la trayectoria de cada una de ellas a lo largo del laberinto neuronal?
Los científicos plantean dos formas de alcanzar este objetivo. Por un lado, el Gobierno de Estados Unidos destinó hace dos años 40 millones de dólares para el Human connectome project. Su meta es realizar, con ayuda de un moderno tomógrafo, un atlas del sistema nervioso central, una especie de plano general de las conexiones del cerebro humano. Pero con este método solo se podrán cartografiar las principales vías nerviosas. Incluso la resolución del mejor tomógrafo es demasiado baja hasta para estudiar células aisladas. Por ese motivo, estos científicos optan por ir un paso más allá: quieren registrar las conexiones de todas y cada una de las neuronas con ayuda de microscopios electrónicos. El suyo es un plan casi descabellado. Pero el esfuerzo merece la pena: cartografiado el conectoma, será posible descifrar el enigma de la conciencia y hallar la clave de las enfermedades mentales.
La sede del proyecto estadounidense es el Martinos Center, en Boston. Aquí se estudian cerebros con tomógrafos de resonancia magnética nuclear y de emisión de positrones, con estimulación magnética y electroencefalogramas. Obligan a voluntarios a leer y cantar, a reír y escuchar, a calcular y rezar, mientras los científicos analizan sus cerebros. Pero la máquina más avanzada, la joya de la corona, es un tomógrafo de difusión capaz de fotografiar a escala atómica. El procesamiento de los datos acaba de comenzar, pero Van Wedeen, el director de radiología, está entusiasmado: «¡Hemos hecho visibles las fibras nerviosas!». Wedeen se está adentrando en un terreno que para los científicos sigue siendo terra incognita: la sustancia blanca.
Las proverbiales células grises recubren todas las bóvedas y surcos del cerebro en seis capas, de un total de entre dos y cuatro milímetros de grosor. Por su parte, la materia blanca parecía carecer de estructura. Por aquí circulan las fibras que interconectan las distintas regiones cerebrales. Aquí es donde los órganos de los sentidos intercambian su información, aquí se conectan los recuerdos y sentimientos. Aquí, en otras palabras, se encuentra el control central de la conciencia.
La máquina de Wedeen está produciendo docenas de imágenes que no se habían visto nunca. «La gente siempre ha pensado que las fibras nerviosas estaban enmarañadas como espaguetis cocidos. ¡Pero hasta el último rincón está perfectamente ordenado». Para Wedeen, esto es lógico: «Imagínese: hay cien mil millones de células nerviosas interconectadas en el cerebro, y cada una de ellas forma unas mil sinapsis. ¿Cómo podría funcionar todo esto controlado solo por un par de miles de genes?». Únicamente si se desarrollara de acuerdo a reglas muy sencillas. Wedeen quiere comparar las estructuras neuronales de batracios, simios y seres humanos para seguir los pasos de la evolución. Además, le encantaría tener acceso a algún cadáver y ya está buscando donantes de cerebro. A diferencia de lo que ocurre con los vivos, los muertos podrían exponerse durante días al escáner y las imágenes tendrían hasta diez veces más detalle.
Su colega Sebastian Seung asegura que el modelo del conectoma permitirá responder a muchas preguntas: ¿se crean nuevas conexiones neuronales durante cada conversación, cada experiencia, cada página leída? ¿Cómo se almacenan los recuerdos? ¿Qué pasaría si se cartografía el conjunto de las conexiones cerebrales y se 'vuelca' a un ordenador? ¿Este cerebro digitalizado adquiriría una conciencia propia? ¿Sería capaz de sentir? En otras palabras: ¿es posible crear una copia de la mente humana?
La tesis de Seung es que el secreto de la individualidad humana se esconde en el conjunto de las conexiones neuronales. Todos los recuerdos, sensaciones, miedos y deseos están almacenados ahí. «Tú eres tu conectoma». Seung confía en que, algún día, los científicos conseguirán sacar a la luz hasta el último recuerdo infantil almacenado en las células nerviosas. El connectome de los ratones estará listo en diez años, cree. Y para entonces ya se podrá intentar con el ser humano. Y, cuando se consiga, podrá descargarse en un ordenador... como si fuera una copia de seguridad almacenada para la eternidad. Uno de sus colegas, cuenta Seung, se dedica a este campo por ese motivo: «Quiere conseguir la inmortalidad».

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/magazine/20130127/cerebro-humano-desnudo-4617.html

viernes, 18 de enero de 2013

Amigos sincronizados


por Irene Jarchum 

¿Alguna vez te has dado cuenta de que sin querer has sincronizado tus pasos a los de un amigo que camina a tu lado? O ¿has escuchado a una audiencia sincronizar de a poco hasta aplaudir con un ritmo regular? 


Un trabajo publicado recientemente en la revista Scientific Reports demuestra que esto de la sincronía es un fenómeno real que se puede medir de forma cuantitativa. Además, los resultados indican que las interacciones sociales entre dos individuos aumentan la sincronía corporal entre ellos.
Para estudiar estos procesos, los investigadores eligieron un movimiento sencillo: el de la punta del dedo. El experimento comienza así: mientras un individuo mueve la punta de su dedo, el otro debe intentar mantener el propio quieto. Durante el segundo paso, en vez de mantener su dedo quieto, el individuo debe intentar seguir el movimiento del otro. Para concluir la sesión, los dos repiten el primer ejercicio, uno mueve su dedo y el otro intenta mantener el suyo quieto. 
Los hallazgos fueron sorprendentes: en primer lugar, los científicos observaron que la sincronía ocurre solamente cuando se le indica a uno de los individuos que intente mantener su dedo quieto. Esta sincronía es imperceptible a simple vista porque el movimiento es tan pequeño que el ojo no puede verlo. Para medirla, se utilizaron indicadores infrarrojos en la punta de los dedos y cámaras capaces de detectar estas señales. 
“Sólo hay verdadera sincronía cuando el movimiento es inconsciente”, dice Kyongsik Yun, que llevó a cabo el estudio junto a sus colegas del California Institute of Technology o Caltech. “Cuando les pedimos a los sujetos que conscientemente repitan el movimiento de la otra persona, la sincronía desaparece”, continúa. “Esto ocurre porque cuando se intenta replicar el movimiento, hay una demora de unos 100 a 500 milisegundos, ya que la señal debe viajar del ojo al cerebro y desde allí hasta el dedo. Pero cuando la sincronía es inconsciente, no se observa esta demora,” explica el Dr. Yun. 
Otro hallazgo importante del estudio es la observación de que la sincronía es mayor durante la última etapa del ejercicio, después de que los individuos han tenido entrenamiento y han interaccionado. 
Para saber qué parte del cerebro está involucrada en este proceso, los científicos midieron la actividad cerebral de los dos individuos mientras llevaban a cabo el experimento. Colocaron 128 electrodos, que es un número muy alto, sobre la cabeza de cada uno de ellos. Y esos electrodos se encargaron de trasmitir la actividad neuronal de los participantes en el experimento hasta una computadora. 
“Descubrimos -dice el Dr. Yun-, que las neuronas que se activan están en una zona del cerebro relacionada con la actividad social. Esto implica que la interacción social es la que aumenta la sincronía entre dos personas.”
Los investigadores repitieron los experimentos en personas que sufren de ansiedad en ambientes sociales y que tienen más dificultades para relacionarse con otros. Entre estos individuos no aumentaba la sincronía ni después de haber hecho entrenamiento o interacciones previas. Esto indicaría que la sincronía corporal está directamente relacionada con la capacidad de interactuar socialmente.
El Dr. Yun nos cuenta cómo llegó a interesarse por la sincronía: “Una vez leí en una revista que las luciérnagas suelen sincronizarse cuando iluminan: mandan señales de un grupo a otro. Este comportamiento, social y de apareo, es bello y preciso. Esto me interesó mucho, y quise estudiar la sincronía en los humanos”, dice.
Aunque probablemente seamos menos elegantes que las luciérnagas, sobre todo si entran en actuación lectores infrarrojos y electrodos, la sincronía entre personas es un fenómeno real. Quizás finalmente tengamos un método para medir la cercanía social, como la de una madre con su hijo o la de una pareja de enamorados, a través de la sincronía corporal.

Referencia bibliográfica: Interpersonal body and neural synchronization as a marker of implicit social interaction.
Fuente: http://www.sciencefriday.com/blogs/01/07/2013/sincronizando-con-amigos.html?audience=3

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Neuronas y empatía


El hombre, la gente y sus neuronas espejo

En esas células del cerebro está el origen de la capacidad de empatía hacia el otro, la vida en sociedad y la cultura. Su descubrimiento entronca con el pensamiento sociológico de José Ortega y Gasset

Por Andres Ortega

La aparición del otro en toda vida individual es uno de los elementos constitutivos de la filosofía y la sociología de José Ortega y Gasset. “El otro hombre, como tal, es decir, no sólo su cuerpo y sus gestos, sino su yo y su vida me son normalmente tan realidades como mi propia vida”, señaló en 1949 en su famoso curso sobre El hombre y la gente, que ya adelantó en 1934 y posteriormente (véanse los Tomos IX y X de las nuevas Obras Completas). Sin eseotro, no se entiende el ser humano ni, menos aún su vida en sociedad, término éste último que el pensador señalaba que no habían definido los sociólogos, cuyo objeto de estudio es justamente ese, la sociedad. “El hombre”, decía, “aparece en la sociabilidad como el Otro, alternando con el Uno, como el reciprocante”. Y así se construye el mundo. Y en ese descubrirse, medirse, valorar al otro, interviene de forma muy activa, no pasiva, no la visión, sino la mirada, ue es algo muy diferente, reflexión que también desarrolló en su día Jean-Paul Sartre. La “meditación del saludo” es un ejemplo de cómo pensar sobre usos que la sociedad ha desarrollado justamente para medir al Otro.
En un comienzo deshechado de una de las conferencias, y ahora recuperado, señalaba el pensador que esa capacidad de aparición del Otro en uno no es solo humana sino que también se aprecia en algunos animales. Aunque, cabe añadir, a ellos le falta capacidad motora y lenguaje, que han sido dos de los cambios genéticos más importantes para que el hombre desarrolle cultura y civilización.
En aquellos tiempos de Ortega y Gasset, la neurociencia, que aún está en la infancia pero que se desarrolló gracias a impulsos como los que entre nosotros le dio Santiago Ramón y Cajal, no había avanzado lo suficiente para explicar esa relación del hombre con el hombre, y eventualmente el surgimiento de la gente. Ese paso esencial ha sido el descubrimiento hace unos años de las llamadas neuronas espejo, y todo un sistema en torno a ellas, por parte del equipo de investigación de Giacomo Rizzolatti, del departamento de Neurociencia de la Universidad de Parma, y que en España ha profundizado especialmente Francisco J. Rubia, catedrático de la Complutense de Madrid, y su equipo.Estas neuronas con una función especializada pueden servir para explicar la sociedad y la cultura humana. Sin estas neuronas, no habrían sido posibles. Vilayanur Ramachandran, uno de los pioneros de la neurociencia, en su último libroThe tell-tale brain (Lo que el cerebro nos dice, Paidós), afirma sin ambages que estas neuronas “conformaron la civilización”.
Una neurona espejo se dispara, se activa, cuando un animal actúa y también cuando un animal observa que la misma acción la lleva a cabo otro animal. La neurona reproduce el comportamiento del otro, como si el propio observador estuviera actuando. Es decir que al principio fue tanto el verbo como la imitación.
“La cultura”, señala Ramachandran, “consiste en colecciones masivas de capacidades y conocimiento complejos que se transmiten de persona a persona a través de dos medios centrales: el lenguaje y la imitación”. La capacidad de imitar permite no solo reproducir, sino también aprender a una escala individual, y posteriormente colectiva. Es decir, que probablemente primero aprendimos a imitar. Y de ahí debió surgir la capacidad únicamente humana de adoptar el punto de vista del otro. La capacidad “de ver el mundo desde el punto de vista de otra persona es también esencial para construirse un modelo mental de los pensamientos complejos e intenciones de otras personas para predecir y manipular su conducta”, señala el neurocientífico. Ortega y Gasset llegó a la importancia de esta capacidad por otra vía, la de la observación y la reflexión filosófica y sociológica, y sus conclusiones se ven ahora avaladas por una base física cuya manera de funcionar se está desentrañando, aunque queda camino por recorrer. Pues una cosa ha sido descubrir estas neuronas, y otra, mucho más difícil, descifrar la verdadera naturaleza de esas conexiones.
En este recorrido en el conocimiento de la mente ni siquiera está claro si se llegará al final, si el ser humano llegará realmente a conocerse a sí mismo. Pero sobre este sistema parece también reposar la capacidad de la metáfora, sin la cual los humanos no seríamos lo que somos.
A Ramachandran le gusta llamarlas “neuronas Gandhi” o “neuronas de empatía” porque sirven para borrar la separación entre el yo y el Otro, algo muy propio de los enfoques orientales tradicionales. Claro que permiten no solo conocer al otro, sino también juzgar sus intenciones, para, si es necesario, defenderse frente a ellas. Empatía no implica simpatía.
Como hemos señalado que intuyó Ortega y Gasset, estas neuronas están también presentes en otros animales, como monos y pájaros que tienen un sentido social. Pero, como decimos, estos carecen de cultura porque les falta el lenguaje, entre otras cosas, además de la capacidad motora (incluída la mano que sí tienen los simios) mucho más desarrollada en el hombre, junto con la capacidad del pensamiento abstracto y transmisible.En una polémica e influyente conferencia en 1959, Charles Percy Snow, más conocido como C.P. Snow, lanzó la tesis, que quedó asentada, de la ruptura de la comunicación muy presente en el Renacimiento y la Ilustración entre las ciencias y las humanidades. Snow tenía a la vez formación científica y capacidad literaria como novelista. Su demanda era que esta brecha se cerrara, que se avanzara más en los estudios multidisciplinares, y que unos y otros intercambiaran conocimientos. Se está comenzando a cerrar, aunque más de la mano de la ciencia que de las humanidades.
La neurociencia —esencial para entender el ser humano— puede servir para superar esta brecha que científicos como Ramachandran y muchos otros que hoy en día investigan y divulgan, contribuyen a colmar. En este contexto, el descubrimiento de las neuronas espejo supone, justamente, el de la relación entre el cerebro y la sociedad, entre un ser humano y otro, entre el hombre y la gente.
Algunos consideran que, tras la agrícola, industrial y la digital, la cuarta revolución será la neurocientífica cuyos descubrimientos preliminares ya están invadiendo numerosas disciplinas y creando otras nuevas, al colocar el prefijo “neuro” ante disciplinas tradicionales. Así, hoy se habla de neuroeconomía, neuromarketing, neurofilosofía, neuroética, neuroeducación, neuropolítica y un largo etcétera. Todas estas nuevas disciplinas pretenden aplicar los nuevos conocimientos de la neurociencia a sus materias, esperando que esta aportación sirva para darles un nuevo impulso y desarrollo. Hoy la política, la publicidad y muchas otras actividades humanas están imbuidas por los nuevos descubrimientos en este campo, lo que puede causar cierto temor a una mayor manipulación.
Estas células especializadas y su sistema surgieron en el “gran salto adelante genético” ocurrido entre 60 a 100 millares de años atrás. Y después de 6.000 millones de años de evolución, indica Ramachandran, la cultura finalmente despegó. Por primera vez empezamos a saber realmente por qué o gracias a qué.
En parte, la cultura nos ha liberado de la genética al reforzar la capacidad de aprender los unos de los otros. “Al hiperdesarrollar el sistema de neuronas espejo, la evolución, de hecho, convirtió la cultura en un nuevo genoma”, separado de la carga genética con la que nacemos, y con otros sistemas de transmisión. Puede que incluso la cultura permita que algunas de nuestras capacidades pensadas para unas funciones se desarrollen para otras no previstas, como pasa con esa actividad esencial, pero nada natural, que es la lectura. Claro que otros van más lejos y creen que gracias a la tecnología, incluída la manipulación genética, los seres humanos van a poder trascender su biología.
De momento hemos llegado a ese Homo sapiens, que el científico indio describe como “el mono que miró en su propia mente y vió el cosmos reflejado en ella”.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2012/07/21/opinion/1342886635_625720.html

miércoles, 17 de octubre de 2012

El cerebro es wetware

El cerebro no es hardware ni software: es wetware
A medida que avanzamos en la comprensión sobre el funcionamiento de nuestro cerebro,
también cambian las metáforas que empleamos para referirnos al mismo.
Leonardo Sanchez Coello 
octubre 10, 2012


El biólogo de Harvard Richard Lewontin se refirió irónicamente a esta evolución con estas palabras: “Un día el cerebro fue una centralita telefónica, luego un holograma, luego una computadora digital elemental, luego una computadora de procesamiento paralelo y ahora es una computadora de procesamiento distribuido.”

Y es que, a medida que penetramos en el cerebro, descubrimos que ni funciona como si estuviera provista de cables y palancas, ni tampoco mediante simples códigos binarios de ordenador. Porque el cerebro no es software ni tampoco hardware. Es wetware. Es una jungla darwiniana, tal y como lo describió el Nobel de Biología Gerald Edelman: conjuntos de neuronas compiten unos con otros por el predominio a la hora de responder a los estímulos del entorno:
"El cerebro no es, en modo alguno, una máquina que recibe instrucciones, como un ordenador. El cerebro de cada ser individual es más bien como una selva tropical en la que abundan el crecimiento, la decadencia, la competición, la diversidad y la selección".
El cerebro es un ecosistema que se transforma continuamente a sí mismo, respondiendo al cambio del entorno, por ello hay casos de personas a las que se les debe extirpar el hemisferio derecho del cerebro, pero continúa su vida con relativa normalidad, como el caso de Christina Santhouse, estudiante de Pensilvania, que incluso se graduó con honores en el instituto y ha acabado yendo a la universidad: su hemisferio izquierdo fue capaz de asumir todo el trabajo.
Thomas Armstrong aporta otro ejemplo en su libro El poder de la neurodiversidad:
"existe una forma de demencia que destruye las áreas anteriores (de la parte delantera) del cerebro, y los pacientes con este trastorno pierden la capacidad de hablar; sin embargo, las áreas posteriores de cerebro son capaces de funcionar con una mayor capacidad para compensar, provocando a veces un torrente de creatividad en el arte o la música".

Fuente:http://pepascientificas.blogspot.com.ar/search/label/neurociencia