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viernes, 22 de febrero de 2013

Falsas creencias sobre el cerebro humano


Por CHRISTOPHER CHABRIS y DANIEL SIMONS



¿Cuál de estas afirmaciones es falsa?

1. Usamos sólo 10% de nuestro cerebro.

2. Un entorno lleno de estímulos mejora los cerebros de los niños preescolares.

3. Los individuos aprenden mejor cuando reciben información en su estilo de aprendizaje preferido, ya sea auditivo, visual o kinestético.

Si escogió la primera, felicitaciones. La idea de que sólo usamos 10% de nuestro cerebro es claramente falsa. Aun así, se ha penetrado tanto en la cultura popular que, entre psicólogos y neurocientíficos, es conocida como el mito del 10%. Contrario a la creencia general, el cerebro completo está en uso, ya que las neuronas que no trabajan se mueren y los circuitos que no se usan se atrofian. Informes de investigaciones de neuroimágenes pueden perpetuar el mito al mostrar apenas un pequeño número de áreas "encendidas" en un encefalograma, pero esas son las que tienen más de un nivel básico de actividad; las regiones oscuras no están inactivas ni inutilizadas.

¿Estuvo de acuerdo con las otras dos afirmaciones? Si fue así, cayó en la trampa. Las tres afirmaciones son falsas, o al menos no están sustentadas con evidencia científica. Desafortunadamente, si respondió incorrectamente a alguna de ellas, no está solo.

Estos "neuromitos", junto con otros, fueron presentados a 242 profesores de primaria y secundaria en Holanda y el Reino Unido como parte de un estudio realizado por Sanne Dekker y sus colegas en la Universidad Libre de Ámsterdam y la Universidad de Bristol, y que acaba de ser publicado en la revista Frontiers in Psychology. Los investigadores hallaron que 47% de los profesores creían en el mito del 10%. Es más, 76% creía que enriquecer el entorno de los niños fortalecería sus cerebros.
Esta creencia puede haber surgido de evidencia de que las ratas criadas en jaulas con elementos como una rueda para hacer ejercicio, túneles y otras ratas mostraron mayores habilidades cognitivas y mejoras en la estructura cerebral que las que crecieron aisladas en jaulas que no tenían nada. No obstante, tales experimentos sólo mostraron que un ambiente verdaderamente pobre y no natural resulta en un desarrollo más pobre que el que se da en un entorno más natural con oportunidades para jugar e interactuar. Quiere decir que una crianza encerrada o sin ningún contacto humano puede perjudicar el desarrollo del cerebro de un niño. No quiere decir que enriquecer el ambiente de un niño más allá de lo que es típico (por ejemplo, con una constante exposición a videos didácticos) impulsará el desarrollo cognitivo.
El mito sobre los estilos de aprendizaje fue el más popular: 94% de los profesores creía que los estudiantes tenían un mejor desempeño cuando las lecciones se daban en su estilo preferido. Es cierto que los estudiantes tienen preferencias sobre la forma en la que aprenden, pero el problema es que estas preferencias tienen poco que ver con la efectividad de su aprendizaje.
Daniel Willingham, psicólogo cognitivo, explicó esto en su libro de 2009 ¿Por qué a los niños no les gusta ir a la escuela? En las mejores pruebas de la teoría de los estilos de aprendizaje, los investigadores determinan primero los estilos preferidos de los estudiantes y luego les asignan al azar un método de instrucción que puede coincidir con la preferencia o no. Por ejemplo, en un estudio, los estudiantes recibieron en forma verbal o visual un conjunto de objetos para memorizar. En general, la presentación visual (como fotos) resultó en una mejor memoria, pero no hay una relación entre las preferencias de los estudiantes y el estilo de la instrucción. Un estudio que comparaba la "percepción" con la "intuición" en el aprendizaje de nuevos procedimientos por parte de médicos residentes produjo conclusiones similares.
Sin dudas, los buenos maestros detectan cuando los estudiantes están teniendo problemas o progresando y ajustan las lecciones según el caso. Los estudiantes con discapacidades tienen necesidades particulares que deben ser atendidas. Pero una evaluación integral encargada por la Asociación para la Ciencia de la Psicología de Estados Unidos concluyó que esencialmente no hay evidencia de que personalizar los formatos de instrucción para adaptarlos a los estilos de aprendizaje preferidos por los estudiantes conduce a mejores logros. Esto es una crítica no para los profesores (nosotros mismos somos profesores), sino a la intuición humana, que considera la afirmación sobre los estilos de aprendizaje tan evidente que es difícil aceptar que esté equivocada.
Irónicamente, en el estudio del grupo de Dekker, los profesores que más sabían de neurociencia también creían en la mayor cantidad de mitos. Aparentemente los maestros que se entusiasman con la expansión de su conocimiento sobre la mente y el cerebro tienen problemas para diferenciar lo que es verdad o ficción. Los neuromitos tienen tanto atractivo intuitivo, y se expanden tan rápido en campos como el de los negocios y el de autoayuda, que erradicarlos del consciente popular podría ser una tarea fútil. Pero reducir su influencia en el salón de clases sería un buen comienzo.


—Chabris es profesor de psicología de Union College. Simons es profesor de psicología en la Universidad de Illinois. Son coautores de The Invisible Gorilla, and Other Ways Our Intuitions Deceive Us.
Fuente: http://online.wsj.com/article/SB10001424127887324352004578135210309439012.html?mod=WSJS_vida_MiddleTop

lunes, 18 de febrero de 2013

El cerebro más famoso de la historia de la medicina


El cerebro de un paciente 'anónimo' permitió identificar el área del lenguaje. Se trata de Louis Victor Leborgne, un artesano francés
María Valerio | Madrid
08/02/2013 

Cerebro de Louis Victor Leborgne.


En 1861, el neurólogo Paul Broca presentó ante la Sociedad de Antropología de París el cerebro de uno de sus pacientes, fallecido pocas semanas antes en el hospital Bicetre de la capital francesa. Aquella presentación, basada en la autopsia de aquel hombre que había perdido el habla, sentó las bases sobre el estudio del área cerebral que controla el lenguaje. Hasta ahora, aquel cerebro pertenecía a un paciente anónimo del que únicamente se conocía su apellido, 'monsieur Leborgne'. Un historiador polaco acaba de sacarle del anonimato.
El cerebro más famoso de la historia de la Medicina, que se conserva todavía en el Museo Dupuytren de Anatomía Patológica de París, corresponde a Louis Victor Leborgne, un artesano francés que perdió el habla después de sufrir un ataque de epilepsia, una enfermedad que le aquejaba desde su infancia.
Las conclusiones, que pueden leerse en el último número de 'Journal of the History of Neurosciences', han sido posibles gracias al celo detectivesco de Cezary Domanski, especialista del Instituto de Psicología de la Universidad de Lublin (en Polonia), empeñado en ponerle nombre a aquel cerebro que permitió ubicar en el hemisferio izquierdo la famosa área de Broca.
Rebuscando en viejos archivos documentales del siglo XIX, Domanski descubrió el certificado de defunción de un tal señor Leborgne, fallecido el 17 de abril de 1861. A partir de ahí, sólo tuvo que tirar del hilo.
Descubrió que, al contrario de lo que se había pensado durante muchos años, el paciente sin habla no era un analfabeto, sino un curtidor de zapatos, hijo de dos maestros, nacido en 1777 en Moret-sur-Loing, "una pintoresca localidad que sirvió de inspiración a artistas impresionistas como Monet o Renoir", señala la investigación.
Leborgne vivió y trabajó en París hasta que a los 30 años uno de los ataques de epilepsia que sufría desde la infancia le dejó definitivamente si habla. En aquella época, aquel problema de salud fue suficiente para provocar su ingreso en el hospital de Bicetre sólo un par de meses después de dejar de hablar. Allí pasaría los siguientes 21 años de su vida; justo hasta su muerte.
Tras 10 años hospitalizado, una parálisis en sus extremidades del lado derecho y la gangrena provocada por la postración obligatoria que vino después, le trasladaron al área quirúrgica del hospital en la que trabajaba ya desde hacía algunos años el doctor Broca.
Poco antes de conocer a Leborgne, el neurólogo francés ya había presentado algunas de sus hipótesis sobre la localización anatómica del lenguaje en el cerebro en el lóbulo frontal. La muerte de Leborgne, cuyo único sonido en 21 años había sido la sílaba 'tan', vino en auxilio del neurólogo, que pudo confirmar sus observaciones durante la autopsia que le hizo al cerebro del paciente.
Por qué Broca anotó únicamente el apellido de su paciente, dejándole en el anonimato durante más de siglo y medio, sigue siendo un misterio, como afirma el investigador polaco quien reconoce que en aquella época era habitual que se consignasen todos los detalles personales de los pacientes, haciéndoles famosos en algunos casos. Ese anonimato había hecho surgir decenas de teorías sobre la identidad y los orígenes familiares de Leborgne, que el estudio polaco ha permitido desmentir.
"La presentación de Broca en la Sociedad anatómica de París con la autopsia de Leborgne es considerado el momento clave en el estudio de la afasiología [que aborda las patologías del lenguaje]", concluye el estudio. Las observaciones con aquel primer cerebro fueron posteriormente replicadas con los estudios de otros pacientes sin habla que pasaron por las manos del doctor Broca. Esta nueva biografía ha permitido sacar del anonimato a Monseiur Leborgne y darle el lugar que se merece en la historia. La sílaba 'tan' que repetía durante su afasia, podría haber sido alguna reminiscencia de su infancia, cerca de alguno de los talleres de curtir piel que había en la región (moulin à tan, en francés). Misterio resuelto.

fuente: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2013/02/08/neurociencia/1360345864.html

lunes, 14 de enero de 2013

La sonrisa, el poder y el estatus


Por ROBERT LEE HOTZ

Nuevas investigaciones sugieren que el estatus y la autoridad influyen en nuestras expresiones faciales, haciendo de una simple sonrisa un juego de poder.

Los nuevos experimentos, que fueron presentados al público en la reunión anual de la Sociedad de Neurología en Nueva Orleans, atribuyeron la decisión de sonreír a los reflejos sociales, que ocurren con velocidad relámpago y que están arraigados en los circuitos neurales. Por lo general, mostramos u ocultamos una sonrisa en base al rango, poder o estatus, indicaron los investigadores que analizaron las respuestas faciales involuntarias que ocurren cuando uno devuelve o suprime una sonrisa.
Esta es la observación más reciente en el tema que los científicos que estudian la relación entre la cultura y el cerebro denominan "el efecto del jefe", en que la presión social del estatus y el poder repercuten en nuestra neurobiología.
"Esto da forma a la arquitectura neural", señala el neurocientífico Sook-Lei Liew del Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos y Derrame Cerebral de Estados Unidos, quien ha estudiado este fenómeno, aunque no participó en la investigación presentada la semana pasada.
La cultura de la política en la oficina puede cambiar sutilmente nuestra percepción de rostros y expresiones. Normalmente, por ejemplo, reconocemos primero nuestro propio rostro en una serie de fotografías. En algunas circunstancias, sin embargo, respondemos en primer lugar a la foto de nuestro jefe, debido a una reacción involuntaria que se impone ante nuestros reflejos sociales normales.
Este "efecto del jefe" varía entre diferentes culturas nacionales. Los trabajadores chinos reaccionaron más velozmente a una foto de su supervisor directo, siempre y cuando el jefe tuviera el poder de darles una evaluación de trabajo negativa, de acuerdo a un estudio por Liew y sus colegas el año pasado en la Universidad del Sur de California y la Universidad de Peking.
Por contraste, los estadounidenses analizados reaccionaron más rápidamente a los supervisores percibidos como más influyentes socialmente.
Los resultados de la prueba que se presentaron en la Universidad de California en San Diego documentaron cómo una sonrisa puede encapsular la autoridad en el trabajo.
Utilizando una técnica llamada electromiografía facial, el neurocientífico cognitivo Evan Carr examinó las reacciones de 55 estudiantes de ambos sexos que fueron divididos en dos categorías: aquellos que consideraban tener mayor poder personal y los que consideraban lo contrario.
Les mostraron videos de personas que les indicaron tenían puestos importantes, como doctores, o puestos bajos, como empleados en restaurantes de comida rápida. Carr registró, milisegundo por milisegundo, los movimientos involuntarios de los músculos involucrados en la sonrisa mientras ellos veían los videos.
La reproducción inconsciente de las expresiones faciales de otra persona —incluyendo devolver una sonrisa—parecía depender, en parte, en la percepción del poder propio del imitador y del estatus de la persona imitada, descubrió.
Los investigadores hallaron que cuando las personas se sentían poderosas muy raramente devolvían una sonrisa de un individuo de alto rango, suprimiendo automáticamente la tendencia de imitar la mueca.
"Uno podría sentirse más competitivo", dice Carr.
Por otro lado, aquellos que se sentían carentes de poder automáticamente imitaron la sonrisa de todos, independientemente de su posición.
"Los sentimientos de uno sobre el poder y el estatus parecen determinar qué tan dispuesto está uno a devolver la sonrisa a otra persona", asevera Carr. "Somos muy capaces de actuar como camaleón humano y reaccionar a estas situaciones sociales sin realmente percatarnos de hacerlo".

fuente: http://online.wsj.com/article/SB10001424052970203630604578072862969756852.html?mod=WSJS_vida_LeftTop

miércoles, 21 de marzo de 2012

Entrevista al neurólogo Oliver Sacks


"Si nos privaran de soñar, sencillamente enloqueceríamos" 
Oliver Sacks

La entrevista tiene lugar en el despacho de Oliver Sacks (Londres, 1933) en el Village neoyorquino. Antes de sentarse, expresa el deseo de mostrar las curiosidades que atesora: minerales de extraños colores, barras de distintos metales, que insiste en que se sopesen con la mano, libros raros, un póster gigantesco de la tabla periódica y un reloj con los símbolos de los elementos. Otros objetos, algunos difíciles de identificar, dan testimonio de la amplitud de su curiosidad.
-A lo largo de su vida ha tratado a miles de pacientes, ¿qué lo decide a transformar un caso clínico en una narración?
-El estímulo puede saltar en cualquier momento. Ha habido veces en que nada más ver a un paciente me doy cuenta de que estoy ante un caso extraordinario, e inmediatamente me pregunto si lo debería compartir con los demás. El factor determinante es que el caso tenga un valor ejemplar. Muchas veces, ante una dolencia se pone en marcha un mecanismo de compensación que hace que el individuo responda creativamente.
¿Cómo suelen reaccionar sus pacientes al verse convertidos en personajes?
-Es una cuestión delicada, porque son personas reales cuyas historias pasan a ser de dominio público. Siempre procuro escribir con aprecio y respeto hacia mis pacientes, eliminando todo aspecto de explotación de sus casos, y la verdad es que jamás ha habido ninguno que se haya sentido molesto o perturbado por la forma en que he descrito sus historias. Algunos incluso se han mostrado ostensiblemente complacidos, como Franco Magnani, que pinta los paisajes que sueña, o Temple Grandin, que de niña padeció el síndrome de Asperger, una forma de autismo altamente funcional, y ahora es profesora universitaria y autora ella misma de varios libros. Cuando asistí al estreno de la ópera basada en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero con la viuda del Sr. P., me dijo que había honrado la memoria de su marido.
¿Qué es un neurorrelato?
-Desde el momento en que empiezo a recopilar las primeras notas sobre un paciente soy perfectamente consciente de que lo que estoy haciendo es contar una historia. Me considero un narrador, un contador de historias y tengo la convicción de que la narrativa es una forma esencial a la hora de articular los problemas neurológicos en el contexto de la experiencia humana. Incluso aunque no pase a la fase de elaborar la narración de manera depurada, escribo la historia para mí, independientemente de que la vaya a publicar o no.
-Veo una voz: viaje al mundo de los sordos La isla de los ciegos al color son exploraciones distintas, en formato y extensión .
-Son dos viajes, cada uno a su manera. En el primero me aventuro en el mundo de los sordos. El catalizador fue la lectura de un informe que contaba cómo en el siglo XVIII los sordos habían hecho un intento de adquirir el lenguaje de signos. Decidí iniciar mi propia exploración del tema. Conocí a muchos sordos, estudié su lenguaje... El mundo de los sordos es una comunidad extraordinaria, con una cultura y un universo propios. Aprendí a ver aquel mundo sin sonidos no sólo en términos médicos, como si la sordera fuera meramente una discapacidad, sino como quien entra en una dimensión diferente, de signo positivo, donde hay otra forma de ser y comunicarse.
Como en el otro libro .
-En La isla de los ciegos al color relato una experiencia que tuvo muchas semejanzas con la primera. La idea surgió en un viaje a Guam, durante el cual un colega me habló de Pingelap, una isla de la Micronesia, donde los habitantes eran ciegos al color. No se trataba de un caso individual, como el del Sr. I., el pintor que perdió la percepción del color a causa de un accidente. En este caso me enfrentaba a toda una cultura acromatópica con sus propios gustos, su arte, su forma de vestir y cocinar. Como con los sordos, podía tratarse de un universo en el que no se daba una dimensión del nuestro, pero ello no quería decir que fuera menos rico y vibrante. Viajé a Pingelap con un colega y amigo noruego, el doctor Knut Nordby, quien a su vez era acromatópico. Cuando llegamos, comprobamos que uno de cada doce habitantes era ciego al color. El fenómeno se remontaba a seis o siete generaciones, de modo que no había concepto cultural del color y era asombroso cómo aquella gente reconocía las plantas y toda la geografía de la isla y cómo, en un sentido, su mundo visual estaba completo. Y lo que más les intrigaba era la cantidad de espacio que ocupaban en nuestras conversaciones las alusiones al color.
En El tío tungsteno , su último libro, el tema es usted mismo. ¿Le ha resultado difícil?
-Muy difícil. En Con una sola pierna me observé por primera vez a mí mismo como paciente. El tío tungsteno es distinto porque el tema del libro no es ninguna anomalía neurológica, sino la crónica de una pasión intelectual, la historia de un niño que emprende un viaje maravilloso hacia el mundo de la ciencia, su descubrimiento gradual de los misterios de la química. Es una evocación de mis años escolares en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial. Al final rescato la figura de un niño en quien me cuesta trabajo reconocerme.
Un rasgo común a sus escritos es el papel preponderante que le otorga al mundo de los sueños .
-Me interesa cómo ciertos acontecimientos neurológicos entran en el plano de los sueños. Los sueños son el tercer estado de la existencia: o estamos despiertos, o estamos dormidos, o estamos soñando. Dormir en sí es un fenómeno de escaso interés, aunque la obvia necesidad de dormir que tenemos tanto los humanos como los animales no deja de ser un misterio. Desconocemos de dónde procede la necesidad biológica de dormir. Sabemos que los insectos duermen y hay indicios de que también sueñan. Yo soy muy consciente de mis propios sueños. Durante la noche me despierto y anoto en una pizarra lo que estaba soñando, y por la mañana me encuentro con notas correspondientes a diez o veinte sueños distintos. Estoy de acuerdo con Freud en cuanto a que los sueños son una vía de acceso directo al inconsciente, aunque no creo que ello tenga exclusivamente relación con nuestros deseos.
¿Qué son entonces?
-Los sueños son una forma esencial de digerir y clarificar la experiencia. Curiosamente, he observado que en mi caso muchos de los sucesos del día no aparecen representados durante la primera noche, sino durante la segunda, 30 o 36 horas después. Creo que la metáfora de Shakespeare y Calderón de que la vida es sueño es válida para explicar ciertos estados de ensoñación que experimentamos durante la vigilia. Despertar es soñar en el mundo, dentro de los límites de la percepción externa de la realidad y por esta razón si se sumerge a alguien en un medio acuático y se cortan las sensaciones normales, visuales, auditivas, táctiles se induce un estado semejante a una alucinación. Por otra parte, me fascina la dimensión creativa de los sueños. De noche todos somos artistas, incluso la gente menos imaginativa tiene sueños portentosamente creativos. Hay una libertad maravillosa en los sueños, algo no permitido en las demás esferas, una libertad posibilitada por el hecho de que el cuerpo se encuentra paralizado y el movimiento inhibido. Se podría decir que soñar es el modo fundamental de ser humano. Es una necesidad tan primaria en el plano biológico y neurológico que, si se nos privara de ella, sencillamente enloqueceríamos.
¿Qué es la neurología de la música?
-Algo no menos complejo que la neurología del lenguaje o de los gestos. La música es uno de los tres rasgos de identidad exclusivos del homo sapiens . Aunque haya primates capaces de emitir una compleja gama de sonidos, o los pájaros y las ballenas modulen cánticos o secuencias musicales muy elaboradas, en modo alguno se las puede comparar con el lenguaje musical de los humanos. Obviamente, hay muchas partes implicadas en la apreciación y la producción de la música. La más elemental tiene que ver con el ritmo y quizá depende de las zonas bajas del cerebro, donde están los ganglios basales, que son precisamente las mismas que resultan afectadas cuando se padece el mal de Parkinson. Por eso quienes padecen esa enfermedad pueden perder el sentido del ritmo, en el sentido de tempo , además de la noción del tiempo, y la música puede resultar útil en el tratamiento, puede darles una secuencia adecuada en el tiempo, una melodía cinética. En un nivel superior, la música es capaz de provocar emociones profundas e inexplicables, emociones que a menudo carecen de imágenes claras. Esto es lo que a Schopenhauer le parecía tan misterioso en El mundo como voluntad y representación . Para él la música era una manifestación de la voluntad en estado puro. Eso mismo era lo que tanto perturbaba a Tolstoi. La música lo afectaba en un nivel tan profundo que sentía que le imponían emociones ficticias, artificiales, que no eran suyas propiamente. Trabajar con pacientes y también observar la actividad del cerebro mientras tienen lugar la apreciación y la imaginación, la escucha musical y la producción musical es casi tan importante como examinar la estructura misma de la conciencia.
¿Qué cree que podía suceder en la mente de Beethoven cuando, ya sordo, seguía componiendo?
-La imaginación musical sigue intacta, e incluso puede ser que opere en un nivel más elevado, después de que se ha perdido la percepción del sonido. Tal vez ése fuera el caso de Beethoven, pero también es posible que la imaginación musical en los niveles más altos no necesite de la concurrencia de ninguna forma de imaginería sensible. Sería algo semejante a la matemática pura. Un primo mío que es compositor dice que en su cabeza hay como un ruido de fondo constante, en el que oye melodías y tiene que hacer un esfuerzo para inhibir esa imaginería musical a fin de componer
De todos los enigmas que no ha sido capaz de resolver, ¿cuál es el que más le intriga?
-La conciencia. Esto tiene mucho que ver con lo que le decía hace un momento acerca de que no somos capaces de comprender cómo la actividad de los nervios se traduce en experiencias concretas en el mundo: de color, de dolor.
¿Queda mucho por saber sobre el funcionamiento del cerebro?
-Sabemos bastante, pero estamos sólo al principio. La ciencia del cerebro atraviesa por un estado muy profundo y activo, comparable a la mecánica cuántica en los años veinte. No es que piense mucho en la muerte, no tengo un deseo muy particular de vivir mucho tiempo, pero me encantaría saber, si nuestra especie todavía existe, en qué situación se encuentra la ciencia del cerebro en el año 2050.
Hay una frase al frente de Un antropólogo en Marte a la que da una importancia especial: "La cuestión no es qué enfermedad tiene una persona, sino quién es la persona que ha sucumbido a la enfermedad" .
-Esas palabras las pronunció William Osler, el gran médico canadiense, recordando el peligro que entraña que los médicos se ofusquen viendo sólo la enfermedad, olvidándose de que puede afectar a la gente de maneras muy distintas.
El grabador está desconectado. Se supone que la entrevista ha terminado, pero Oliver Sacks no hace ademán de levantarse o despedirse. Por fin, tras un largo silencio, dice: "Vuelva a poner eso en funcionamiento, por favor. Quiero añadir algo que no le he dicho nunca a nadie... No sé si lo querrá incluir en la entrevista. Esas palabras, atribuidas a William Osler, las pronunció mi hermano David cuando estaba agonizando. Le quedaban unas horas de vida, y yo estaba junto a él. Tenía los ojos cerrados y de repente dijo la frase en voz alta y me preguntó: `¿Fue Osler el que dijo eso?´ Y por eso las incluí. Esas palabras, pronunciadas de repente, eran las que tenía más presentes en la cabeza mi hermano David, que era médico, en el momento de su propia muerte". .
Por Eduardo Lago 
Nueva York, 2003

http://www.lanacion.com.ar/501778-oliver-sacks