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miércoles, 11 de julio de 2012

Jóvenes y adictos a la pantalla

Las nuevas generaciones viven absorbidas por sus laptops, smartphones y demás dispositivos tecnológicos. Pero por eso, ¿perdieron la capacidad de relacionarse con los otros en sus trabajos y en la vida misma?
Por Alejandro Masco  | Para LA NACION

¿Tantas horas delante de la pantalla permitirán a esta nueva generación desarrollar las capacidades sociales adecuadas? Es una preocupación entendible: se buscan jóvenes que crezcan rodeados de amigos y desarrollen una saludable capacidad de relacionarse con los otros.
La cuestión es mucho más profunda de lo que parece, pues incluye un cambio de paradigma. Años atrás, un adolescente podía pasar horas leyendo y no se lo consideraba un adicto a la lectura. Entonces, si un joven lleva una vida equilibrada, pero igual pasa mucho tiempo en la Web, la verdadera pregunta debería centrarse en saber qué hace en ese tiempo.
La generación Y pasa -de los momentos en que consume medios- un 75% en internet, ya sea en medios sociales, conversando con amigos, jugando, buscando información, resolviendo problemas y, en muchos casos, aprendiendo cómo hacer las cosas.
Es una generación colaborativa y multitarea (pueden leer y escribir al mismo tiempo, mientras tienen encendida la TV de fondo). Su manera de hablar es distinta de la de otras generaciones. Prefieren comunicarse por mensajería instantánea. No obstante, esto no significa que estén perdiendo sus capacidades sociales.
Investigaciones llevadas adelante en Estados Unidos junto a los hechos, demuestran que la Generación Y es la más social que jamás haya existido. Y en mi opinión tienen las capacidades necesarias para convertirse en adultos exitosos.
Nacer conectados los convirtió en la generación más conectada. Son inteligentes y manejan el pensamiento lateral espontáneo. Son rápidos y dinámicos, globales, activos, y en algunos casos están mejor capacitados y actualizados que otras generaciones con mayor experiencia. Se preocupan por los otros, el medio ambiente y trabajan con espíritu de camaradería.
Entonces, ¿son adictos a las pantallas o a relacionarse? ¿Y si en verdad están modificando la manera de relacionarnos y aún no lo pudimos entender? ¿Y si ellos son los que construyen una nueva manera de estudiar, de leer y hasta de escribir? Quizás estén desarrollando una nueva filosofía de vida y esto, tal vez, no es ni bueno ni malo, sólo diferente
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1488803-jovenes-y-adictos-a-la-pantalla

miércoles, 2 de mayo de 2012

Neurociencia y poder

Además de corromper, el poder es tan adictivo como la cocaína, asegura investigador

Ian Robertson, neurocientífico del Trinity College de Dublín, asegura que el poder despierta en las zonas de recompensa del cerebro efectos similares a los de la cocaína: un placer inmediato que se vuelve adicción en el largo plazo.
La capacidad corruptora del poder es legendaria, una especie de veneno que se infiltra en la mente de quienes lo ejercen y termina por modificar sus pensamientos, sus valores, su manera de comportarse frente a los demás y también frente a sí mismos.
Hace un par de días Ian Robertson, profesor de psicología en el Trinity College de Dublín y director del Instituto de Neurociencia de la misma universidad, publicó una interesante editorial en la que glosa algunos de los descubrimientos en dichos campos que apuntan a una adicción manifiesta y desarrollada a nivel neurona y hormonal que el poder despierta en aquellos que se exponen a su ejercicio.
De entrada Robertson nos recuerda que el poder incrementa los niveles de testosterona tanto en hombre como en mujeres, de la cual se sabe que tanto esta hormona como uno de sus derivados, el androstanediol-3, un esteroide, son altamente adictivos porque a su vez generan un aumento de dopamina en la zona de recompensas del cerebro, el núcleo accumbens. Este efecto, nos dice el científico, guarda enorme semejanza con los que provoca la cocaína: un placer inmediato que deviene adicción en el largo plazo.
En los babuinos, por ejemplo, se ha comprobado que los individuos que se encuentran en los niveles más inferiores de la jerarquía grupal también son los que tienen menos presencia de dopamina en las áreas del cerebro correspondiente y, por el contrario, cuando estos eran “promocionados” a posiciones superiores, la dopamina también ascendía.
Con dichos primates el ser humano comparte al menos una similitud de comportamiento: mayor poder (i. e. más dopamina) lleva a más agresividad y más actividad sexual. Además en nuestra especie, nos dice Robertson, el poder también hace más inteligentes a las personas porque la dopamina mejora las funciones del cerebro en el lóbulo frontal. Pero un descenso en la jerarquía, que se traduce en menores niveles de dopamina, incrementa el estrés y reduce las habilidades cognitivas. Robertson abunda:
Pero mucho poder ―y por lo tanto mucha dopamina― puede perturbar la normalidad de la cognición y la emoción, llevando a grandes errores de juicio y reticente al sentido de riesgo, sin mencionar un enorme egocentrismo y falta de empatía hacia los otros.
Fuente: pijamasurf.