viernes, 17 de agosto de 2012
¿Filantropía y negocios? ¡No!
¿Debería la filantropía operar como un negocio?
Para algunos, el hecho de donar dinero a una causa le da el derecho a exigir un progreso medible, una especie de rendimiento sobre su inversión. Para otros, asumir los problemas sociales más desafiantes es costoso, complejo y lento, para lo cual se requiere una mente abierta y creativa
Para algunos, el hecho de donar dinero a una causa le da el derecho a exigir un progreso medible, una especie de rendimiento sobre su inversión. Para otros, asumir los problemas sociales más desafiantes es costoso, complejo y lento, para lo cual se requiere una mente abierta y creativa
NO, LOS MÁS POBRES SEGUIRÁN SUFRIENDO
Por Michael Edwards
No hay duda de que a veces la mentalidad empresarial puede ayudar a la filantropía. Hay problemas que pueden solucionarse al usar tasas de rendimiento e indicadores de éxito fácilmente medibles.
Pero la expresión clave aquí es "a veces". Cuando se trata de filantropía, se pueden tener tantas teorías, sistemas métricos y planes como uno quiera. Pero en la práctica, lo que alimenta el éxito es algo mucho más simple: el deseo y capacidad de hacer lo que haga falta para alcanzar la meta y la libertad de hacerlo de forma creativa. Y ambas cosas están amenazadas por el ascenso de la filantropía administrada como un negocio.
¿Por qué? para empezar, no olvidemos por qué existe la filantropía. Es para llenar un vacio dejado por el mercado y los gobiernos. Por definición, entonces, una mentalidad demasiado empresarial alejará los recursos de las personas más pobres, los problemas más difíciles y las soluciones más importantes, que suelen ser costosas, complejas y lentas.
En ese sentido, la diversidad de estilos de financiación es vital en la comunidad filantrópica, para apoyar distintos tipos de ideas.
¿Qué significa esto? Que hay muchas causas que difícilmente obtienen financiación por parte de enfoques empresariales. Entre ellas: causas que apoyan gobiernos sólidos, movimientos sociales y acciones de base, las cuales pueden ser cruciales para obtener resultados donde más importan. Filántropos con mentalidad demasiado empresarial consideran que el gobierno es un inconveniente que estorba a la hora de solucionar problemas que les incumben. Pero ninguna sociedad en la historia ha prosperado sin inversión pública, infraestructura, leyes y regulación. La filantropía debería generar la demanda para estas cosas en lugar de sustituir la acción del gobierno. Pero para hacerlo, debe apoyar a organizaciones sin fines de lucro, para que impulsen cambios, no sólo para que entreguen resultados medibles predeterminados.
Una monocultura empresarial, en la que todos cumplen el mismo criterio para dar, es inefectiva, no democrática y menos divertida. Reduce la filantropía a poco menos que un ejercicio de contabilidad.
Al final, los donantes de organizaciones sin fines de lucro no son accionistas. No tienen un rango superior a otros miembros. Las agencias deben rendir cuentas no sólo a los donantes y reguladores, sino a quienes ayudan. Y eso es bueno: los afianza en sus comunidades y los mantiene independientes de intereses poderosos que podrían buscar manipularlos, sin importar cuán bien intencionados sean.
Si no tenemos cuidado, la filantropía podría degenerar en un sistema de control, no un sistema de apoyo al cambio social.
—Edwards es un distinguido investigador de Demos, un grupo de investigación y activismo con sede en Nueva York.
¿Filantropía y negocios? ¡Sí!
¿Debería la filantropía operar como un negocio?
Para algunos, el hecho de donar dinero a una causa le da el derecho a exigir un progreso medible, una especie de rendimiento sobre su inversión. Para otros, asumir los problemas sociales más desafiantes es costoso, complejo y lento, para lo cual se requiere una mente abierta y creativa
Para algunos, el hecho de donar dinero a una causa le da el derecho a exigir un progreso medible, una especie de rendimiento sobre su inversión. Para otros, asumir los problemas sociales más desafiantes es costoso, complejo y lento, para lo cual se requiere una mente abierta y creativa
SÍ, LAS BUENAS INTENCIONES NO BASTAN
Por Charles B. Bronfman y Jeffrey R. Solomon
Hay muchas personas que, como Bill Gates, tienen la visión y la disciplina para ser grandes filántropos. O al menos deberían.
Porque Gates entiende lo que cualquier donante, grande o pequeño, debería entender: que para tener un impacto sostenido y estratégico, la filantropía debe ser administrada como un negocio: con disciplina, estrategia y un enfoque sólido en los resultados. Las organizaciones que reciben su apoyo deberían rendir cuentas como lo hace el directorio de una empresa ante sus accionistas. Y eso significa, por encima de todo, que usted debe conocer el rendimiento sobre la inversión.
Por ejemplo, se han comprometido recursos privados para eliminar el polio porque los donantes consideran que el esfuerzo tiene un plan de negocios racional que sigue una misión. En general, todo patrocinador de una causa debería esperar eficiencia en las operaciones y estrategias que se adopten.
En nuestra opinión, los argumentos contra un enfoque más empresarial en la filantropía simplemente no se sostienen. Por ejemplo, quienes lo rechazan señalan que un énfasis en el rendimiento evitará que los donantes ayuden a los más pobres, porque el tipo de problemas que tienen suelen ser los menos propensos a producir resultados positivos, rápidos y medibles.
No aceptamos esa premisa. Concentrarse en la eficiencia y los resultados es un enfoque que funciona en toda clase de entidad benéfica. Siempre debe haber un equilibrio entre ingresos y gastos, y se deben establecer y cumplir metas para que continúe la financiación.
La Fundación Robin Hood, que combate la pobreza en la ciudad de Nueva York desde 1988, ofrece un ejemplo elocuente. El grupo evalúa el rendimiento de las inversiones que realiza en varios programas en toda la ciudad. Pero no toma decisiones de financiación sólo con base en las mediciones. También apela a la experiencia de administradores en el terreno y realiza juicios cualitativos al comparar beneficios y costos.
Quienes se oponen también sostienen que si se afianza la filantropía con mentalidad empresarial, menos gente intentará provocar cambios sociales a través de donaciones a movimientos sociales u organizaciones políticas de base. Eso tampoco es verdad. Nada relacionado a los movimientos de base impediría que se beneficien de un enfoque disciplinado. Como donantes, nos gustaría que hubiera claridad sobre los objetivos. Si un grupo quiere obtener mejor infraestructura para una comunidad, puede mostrar el impacto que está teniendo al contar los pozos y las cocinas solares en África Central, o las plazoletas con juegos en un vecindario pobre de Nueva York. Adoptar principios empresariales saludables hace que una organización sin fines de lucro cumpla con su misión.
—Charles Bronfman es presidente del directorio y Jeffrey Solomon es director general de Andrea and Charles Bronfman Philanthropies, una red de fundaciones benéficas.
fuente: http://online.wsj.com/article/SB10001424052970204826704577074763861820098.html?mod=WSJS_inicio_section_InformeEspecial
miércoles, 15 de agosto de 2012
La vida hecha marca
Vicente Verdú, junio de 2012.
Ahora lo que afloran, como es natural en la vida de las ciudades, son las marcas de objetos, electrodomésticos, móviles o automóviles. En un libro reciente de Helke Freire, Educar en verde (Ed Grao), se constata que los niños conocen muchos más nombres de marcas que de plantas. Y, gracias a Dios, porque de otro modo se trataría de casos patológicos, masivos y cercanos al buen salvaje. La mayor parte de la gente vive en las ciudades y se provee de conocimientos e ilusiones a través de ellas. También de penalidades. Es decir, vidas.
Choca que el teatro Calderón de Madrid de toda la vida se llame Häagen-Dazs, pero es solo cuestión de ajustarse a la nueva época. Ya hay estaciones de metro y ferrocarril que patrocinan corporaciones y estadios de fútbol y hasta templos.
La marca comercial no es el demonio.
Choca que el teatro Calderón de Madrid de toda la vida se llame Häagen-Dazs, pero es solo cuestión de ajustarse a la nueva época. Ya hay estaciones de metro y ferrocarril que patrocinan corporaciones y estadios de fútbol y hasta templos.
La marca comercial no es el demonio.
Está vulgarmente satanizada a la vez que está satanizado el consumo por quienes se han quedado embarrados en la cultura agraria y no entienden que gracias al consumo las cosas han podido marchar bien. Esta gente sigue afianzada a la virtud del ahorro y los antiguos usos burgueses, pero esto ha caducado ya y el consumidor no es menos ciudadano por ser consumidor sino mucho más. Ningún manual de ciudadanía ha procurado tantos recursos para ser libre, crítico, independiente y productivamente escéptico como la cultura de consumo que simultáneamente se ha proyectado a la política, la sexualidad o la fe.
Los consumidores y sus asociaciones son las asociaciones de ciudadanos de hoy y la defensa de los derechos del consumidor es el trasunto actualizado de los derechos del hombre y del ciudadano. En los principios de la producción en serie y el prêt-à-porter el individuo parecía un dócil cliente al que se le surtía de un modelo igual al de su vecino, al de su pariente. Ahora, el consumidor ha obligado a la oferta a producir artículos personalizados y ha actuado lúdicamente en la divertida tarea de forjarse una prestancia (una apariencia) a través del ocio y la elección de marcas. ¿Una monstruosidad? Claro que no. Se trata de que las marcas no son solo insignias comerciales sino relatos, significados, elementos de una narración que cada cual compone para completar su identidad y transmitirla con eficacia. Los valores de “seguridad” de Volvo, el “malditismo” de Johnny Walker, la “creatividad” de Apple o el “conservadurismo” de IBM sirven de piezas para la construcción personal y gracias al sistema de consumo que le ha insuflado significados, más allá del mercado.
Los consumidores y sus asociaciones son las asociaciones de ciudadanos de hoy y la defensa de los derechos del consumidor es el trasunto actualizado de los derechos del hombre y del ciudadano. En los principios de la producción en serie y el prêt-à-porter el individuo parecía un dócil cliente al que se le surtía de un modelo igual al de su vecino, al de su pariente. Ahora, el consumidor ha obligado a la oferta a producir artículos personalizados y ha actuado lúdicamente en la divertida tarea de forjarse una prestancia (una apariencia) a través del ocio y la elección de marcas. ¿Una monstruosidad? Claro que no. Se trata de que las marcas no son solo insignias comerciales sino relatos, significados, elementos de una narración que cada cual compone para completar su identidad y transmitirla con eficacia. Los valores de “seguridad” de Volvo, el “malditismo” de Johnny Walker, la “creatividad” de Apple o el “conservadurismo” de IBM sirven de piezas para la construcción personal y gracias al sistema de consumo que le ha insuflado significados, más allá del mercado.
Los objetos y las personas nos atraen por su diseño y por su novedad
¿Horror al mercado? Nunca el mercado o, mejor, “los mercados” tuvieron tan mala prensa. Se les considera hoy como las furias de Aristófanes, las babilonas del Apocalipsis o los Polifemos de Homero. Pero esto no es sino la consecuencia de haber actuado como fuerzas del mal dentro, desde luego, del Mal general que caracteriza estos infaustos tiempos. El mal de la política, el mal de la justicia, el mal de una corrupción gigante que ha incluido en su seno desde la Iglesia hasta la Corona. En medio de ese mal de los mercados es otro de los males, y no el menor.
Sin embargo, el mercado (como este sistema democrático) es todo lo que hay. ¿O preferiríamos que nos nacionalizaran a la manera de Bankia y Cuba?
Para bien y para mal, el mercado es todo lo que hay y sus santos y vírgenes forman el coro de los referentes. Nos casamos porque amamos a una persona, pero siempre que la contraprestación, más o menos explícita, conlleve un canje en que ambas partes salgan ganando. Los intercambios simbólicos en las amistades y en los afectos, en los sitios de recreo o en las ropas, poseen el mismo espíritu mercantil. Y lo mismo vale para el amor de las ONG como para el dolor del cuerpo místico. Cambiamos sacrificios por recompensas, valles de lágrimas por parcelas en el Más Allá.
¿Horror al mercado? Nunca el mercado o, mejor, “los mercados” tuvieron tan mala prensa. Se les considera hoy como las furias de Aristófanes, las babilonas del Apocalipsis o los Polifemos de Homero. Pero esto no es sino la consecuencia de haber actuado como fuerzas del mal dentro, desde luego, del Mal general que caracteriza estos infaustos tiempos. El mal de la política, el mal de la justicia, el mal de una corrupción gigante que ha incluido en su seno desde la Iglesia hasta la Corona. En medio de ese mal de los mercados es otro de los males, y no el menor.
Sin embargo, el mercado (como este sistema democrático) es todo lo que hay. ¿O preferiríamos que nos nacionalizaran a la manera de Bankia y Cuba?
Para bien y para mal, el mercado es todo lo que hay y sus santos y vírgenes forman el coro de los referentes. Nos casamos porque amamos a una persona, pero siempre que la contraprestación, más o menos explícita, conlleve un canje en que ambas partes salgan ganando. Los intercambios simbólicos en las amistades y en los afectos, en los sitios de recreo o en las ropas, poseen el mismo espíritu mercantil. Y lo mismo vale para el amor de las ONG como para el dolor del cuerpo místico. Cambiamos sacrificios por recompensas, valles de lágrimas por parcelas en el Más Allá.
Las adhesiones para toda la vida han perdido fuerza, también la familia
No somos sino criaturas del mercado y cada vez más si se tiene en cuenta que los nacimientos los decide menos Dios que la contabilidad doméstica. Más tarde, nos contratan sopesando lo que costamos y lo que podemos rendir. En los empleos los guapos ganan más que los feos, en las escuelas sacan mejores notas los agraciados físicamente que los del montón, se aprecia más al alto que al bajo. Y, ahora, cuando la economía del sector servicios lo ocupa prácticamente todo (más de un 90% en Estados Unidos) ser simpático, cordial, persuasivo o bien vestido cuenta en la nómina, en los bonos y en los días para librar o ligar.
No somos cosas, pero en el mercado los tratamientos acercan el objeto al sujeto. Construyen lo que llamé en Yo y tú, objetos de lujo, una unidad novedosa que llamaba sobjetos. Los sobjetos no son malos ni buenos, no dan miedo ni dan felicidad. Son elementos compuestos por una parte de su efecto y otro del afecto. Los objetos nos atraen por su belleza y por su utilidad, pero mucho por su diseño y por su novedad. Igualmente ocurre, al cabo, con las personas. Estos sobjetos que en definitiva han existido siempre, se reconocieran o no con la nitidez de hoy, constituyen los conciudadanos con quienes nos relacionamos en los pubs o en el 15-M.
Las personas no son marcas, pero, a menudo, se ponderan como tales. No se espera todo de un logo determinado sino que el cosmos de nuestras satisfacciones procede de las constelaciones que formamos con este modelo de Audi, esta camisa de Massimo Dutti, estos zapatos de Camper o esta crema de La Prairie. Las adhesiones fuertes y para toda la vida han perdido fuerza, tanto en los consumos como en los vínculos personales. No formamos una pareja para toda la vida y ni siquiera en la cuna del amor creemos que durará siempre.
No somos sino criaturas del mercado y cada vez más si se tiene en cuenta que los nacimientos los decide menos Dios que la contabilidad doméstica. Más tarde, nos contratan sopesando lo que costamos y lo que podemos rendir. En los empleos los guapos ganan más que los feos, en las escuelas sacan mejores notas los agraciados físicamente que los del montón, se aprecia más al alto que al bajo. Y, ahora, cuando la economía del sector servicios lo ocupa prácticamente todo (más de un 90% en Estados Unidos) ser simpático, cordial, persuasivo o bien vestido cuenta en la nómina, en los bonos y en los días para librar o ligar.
No somos cosas, pero en el mercado los tratamientos acercan el objeto al sujeto. Construyen lo que llamé en Yo y tú, objetos de lujo, una unidad novedosa que llamaba sobjetos. Los sobjetos no son malos ni buenos, no dan miedo ni dan felicidad. Son elementos compuestos por una parte de su efecto y otro del afecto. Los objetos nos atraen por su belleza y por su utilidad, pero mucho por su diseño y por su novedad. Igualmente ocurre, al cabo, con las personas. Estos sobjetos que en definitiva han existido siempre, se reconocieran o no con la nitidez de hoy, constituyen los conciudadanos con quienes nos relacionamos en los pubs o en el 15-M.
Las personas no son marcas, pero, a menudo, se ponderan como tales. No se espera todo de un logo determinado sino que el cosmos de nuestras satisfacciones procede de las constelaciones que formamos con este modelo de Audi, esta camisa de Massimo Dutti, estos zapatos de Camper o esta crema de La Prairie. Las adhesiones fuertes y para toda la vida han perdido fuerza, tanto en los consumos como en los vínculos personales. No formamos una pareja para toda la vida y ni siquiera en la cuna del amor creemos que durará siempre.
Las corporaciones se afanan en crear simpatía en la población
Igualmente, la fidelidad a una marca, se trate incluso de Nescafé, ha dejado de ser un fenómeno corriente. Se cambia de pareja y se cambia de coche según las circunstancias. Que todo cambia mucho en la sociedad urbana de consumo es un tópico demasiado aburrido. Pero de esos fermentos se deducen fenómenos que muchos se niegan a aceptar porque no responden con sus ecuaciones escolares. No ser de una marca, rechazar una marca por su degradación significa ser más libres. No escoger siempre los macarrones o los espaguetis de los mismos logos significa que ni la pasta nos apega.
Pero ¿y llamarse Armani? ¿Qué un pueblo se llame Wal- Mart, que una liga se llame BBVA? Varios grados de implicación se encierran en estas propuestas. Llamar a un hijo como una empresa de confección no es confeccionar un niño a medida, aunque no se halle ya lejos la ocasión. Se trata sencillamente de una elección sin mucho tino. Justamente son las personas de clase más baja las que de la misma manera que pudieran elegir Julio César para su primogénito eligen ahora Zara para la niña.
El resultado puede parecer estrafalario o es deplorable, pero la intención es buena. Aupar el valor de alguien se sintetiza ingenuamente en una etiqueta que supuestamente lo prestigia. Desde que no está mandado llamar a alguien como un santo puede llamársele lo que se quiera. ¿Y por qué no llamarlo como una marca?
Los amos del mundo no son ahora ni Augusto ni Jesús. Lo son los líderes de corporaciones, se llamen Bill Gates o Steve Jobs que se presentan en la candente actualidad como Alejandros Magno. Budweiser, Timberland o Cadillac son nombres de antiguas aldeas. Y si el Barça (“mes que un club”) o el Athletic rechazaron durante un siglo exhibir publicidad en sus camisetas, ahora Petronor y BBK de un lado y Qatar Fundation de otro les insuflan vida.
Las corporaciones no son malas por naturaleza, son motores de la producción, el trabajo y la innovación. Pero encima son ahora, para crear simpatía en la población, patrocinadores de campañas a favor de la salud, la equidad y la cultura. Museos, filarmónicas, bibliotecas.
Igualmente, la fidelidad a una marca, se trate incluso de Nescafé, ha dejado de ser un fenómeno corriente. Se cambia de pareja y se cambia de coche según las circunstancias. Que todo cambia mucho en la sociedad urbana de consumo es un tópico demasiado aburrido. Pero de esos fermentos se deducen fenómenos que muchos se niegan a aceptar porque no responden con sus ecuaciones escolares. No ser de una marca, rechazar una marca por su degradación significa ser más libres. No escoger siempre los macarrones o los espaguetis de los mismos logos significa que ni la pasta nos apega.
Pero ¿y llamarse Armani? ¿Qué un pueblo se llame Wal- Mart, que una liga se llame BBVA? Varios grados de implicación se encierran en estas propuestas. Llamar a un hijo como una empresa de confección no es confeccionar un niño a medida, aunque no se halle ya lejos la ocasión. Se trata sencillamente de una elección sin mucho tino. Justamente son las personas de clase más baja las que de la misma manera que pudieran elegir Julio César para su primogénito eligen ahora Zara para la niña.
El resultado puede parecer estrafalario o es deplorable, pero la intención es buena. Aupar el valor de alguien se sintetiza ingenuamente en una etiqueta que supuestamente lo prestigia. Desde que no está mandado llamar a alguien como un santo puede llamársele lo que se quiera. ¿Y por qué no llamarlo como una marca?
Los amos del mundo no son ahora ni Augusto ni Jesús. Lo son los líderes de corporaciones, se llamen Bill Gates o Steve Jobs que se presentan en la candente actualidad como Alejandros Magno. Budweiser, Timberland o Cadillac son nombres de antiguas aldeas. Y si el Barça (“mes que un club”) o el Athletic rechazaron durante un siglo exhibir publicidad en sus camisetas, ahora Petronor y BBK de un lado y Qatar Fundation de otro les insuflan vida.
Las corporaciones no son malas por naturaleza, son motores de la producción, el trabajo y la innovación. Pero encima son ahora, para crear simpatía en la población, patrocinadores de campañas a favor de la salud, la equidad y la cultura. Museos, filarmónicas, bibliotecas.
La satanización de la empresa es rasgo del catolicismo puritano
Si las estaciones de metro se llaman como las marcas y hasta ya hay pueblos en Estados Unidos que han asumido alguna denominación de empresas, ¿quién puede dudar de que en el futuro el mapa general del mundo se compondrá de países que, sin más, hayan sido colonizados por el mapa de firmas comerciales y, tal como en el pasado Américo Vespucio o Monroe daban nombre a continentes, el héroe mercantil de nuestro tiempo se impondrá en las elecciones?
La satanización de la empresa, el odio al dinero, la repulsión al beneficio material son rasgos del catolicismo más puritano. Permanecer en él respetando sus leyes lleva a llamar a un niño como un mártir. Hallarse fuera de esa secta da como resultado llamar al niño como una marca. Cada uno lo suyo.
¿Blasfemia? ¿Perversión? ¿Profanación? ¿Afrenta? Quien se halle libre de pecado que tire la primera piedra. El que se sienta libre de este universo consumista que no solo no ha reducido al ciudadano sino que lo ha provisto de elementos críticos más afilados, más eficaces y libertarios, que se vaya a vivir al campo.
fuente: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/06/05/actualidad/1338919297_032596.html
Si las estaciones de metro se llaman como las marcas y hasta ya hay pueblos en Estados Unidos que han asumido alguna denominación de empresas, ¿quién puede dudar de que en el futuro el mapa general del mundo se compondrá de países que, sin más, hayan sido colonizados por el mapa de firmas comerciales y, tal como en el pasado Américo Vespucio o Monroe daban nombre a continentes, el héroe mercantil de nuestro tiempo se impondrá en las elecciones?
La satanización de la empresa, el odio al dinero, la repulsión al beneficio material son rasgos del catolicismo más puritano. Permanecer en él respetando sus leyes lleva a llamar a un niño como un mártir. Hallarse fuera de esa secta da como resultado llamar al niño como una marca. Cada uno lo suyo.
¿Blasfemia? ¿Perversión? ¿Profanación? ¿Afrenta? Quien se halle libre de pecado que tire la primera piedra. El que se sienta libre de este universo consumista que no solo no ha reducido al ciudadano sino que lo ha provisto de elementos críticos más afilados, más eficaces y libertarios, que se vaya a vivir al campo.
lunes, 13 de agosto de 2012
Los superatletas tienen "supergenética"
Los atletas nacen y se hacen. Los superatletas nacen. Cada vez son más los estudios que demuestran cómo a los mejores deportistas les ha tocado una herencia genética distinta a los demás. Con los avances en terapias génicas, los especialistas se plantean si el resto de atletas tendrá que modificar su genoma para poder competir en igualdad de condiciones, algo actualmente no permitido por las autoridades deportivas.
Alvin Ailey Dance. Foto: Mattew O´Hara
Un dato: la mitad de los atletas euroasiáticos y el 85% de los africanos cuenta con al menos una copia del alelo 577R, una variante del gen ACTN3, tal y como recuerda un artículo publicado en la revista Nature. O, por ejemplo –dejando a un lado a la élite olímpica– el 94% de los sherpas del valle de Katmandú, en Nepal, cuenta con la variante I del gen ACE, que favorece la escalada de alta montaña.
Esto no significa que las duras sesiones de entrenamiento no sirvan para nada, pero indica que hay individuos que lo tienen más fácil para pulverizar récords que el resto.
“Los métodos de entrenamiento te hacen mejorar pero, como todo el mundo entrena de la misma forma, se ha comprobado que aquellos que son superiores al resto cuentan con un conjunto de variantes genéticas –mutaciones beneficiosas– que muy pocos atletas presentan”, ha explicado a SINC Steve Gullans, director general de Excel Venture Management de Boston (Estados Unidos) y coautor del artículo de Nature.
Además del conocido gen ACTN3, otros tantos –más de 200 variantes genéticas– marcan la diferencia. Y eso sin contar los que aún se desconocen. Gracias a las técnicas de secuenciación del ADN, los científicos van a poder descubrir las variantes más raras, algunas exclusivas de un único individuo.
En opinión de Gullans, los atletas recurrirán a la secuenciación de su genoma cuando la técnica sea más asequible y se haya creado una especie de base de datos con las claves genéticas que potencian las destrezas atléticas. “Hoy en día, solo serviría como una guía”, puntualiza.
No obstante, siempre hay excepciones. El madrileño Jesús Oliván, un atleta de salto de longitud de los años ‘90, contaba con una deficiencia en el gen ACTN3. Aun así, a los 16 años consiguió el mismo registro que Carl Lewis a su edad.
Compitió en dos olimpiadas y en varios campeonatos europeos y mundiales de atletismo. Los expertos creen que otros factores –desconocidos por el momento– explicarían su alto rendimiento.
El dopaje, también genético
En vista de que la naturaleza no trata igual a todos los deportistas, la duda está en si los juegos olímpicos, tal y como los conocemos hoy, premian una genética envidiable más que el esfuerzo físico y la capacidad de superación.
En este sentido, Gullans pronostica que las olimpiadas podrían evolucionar hacia tres escenarios. Uno de ellos, como ocurre ahora, es que ganen los mejores, aunque tengan ventajas en su mapa genético.
Otro segundo escenario sería dar ventaja a aquellos deportistas que no cuenten con una combinación genética especial y, el tercero, que estos atletas utilicen ciertas terapias para igualar a los mejores, algo completamente prohibido en la actualidad.
“La terapia génica se puede usar para cambiar la composición de los genes de un individuo añadiendo uno nuevo al cuerpo. Por ejemplo, podrías añadir un gen que fabrique EPO –eritropoyetina– y eso haría que el individuo produjera más glóbulos rojos”, comenta el experto. Un incremento de los glóbulos rojos aumenta la cantidad de oxígeno que la sangre transporta a los músculos del cuerpo. La Agencia Mundial Antidopaje (WADA, por sus siglas en inglés) prohíbe su utilización.
El dopaje genético es una de las amenazas a las que se enfrentan olimpiadas y campeonatos internacionales y no siempre es fácil de identificar. La tecnología ha llegado a tales niveles que los atletas que quieren alterar su mapa genético necesitan la ayuda de los expertos. Por eso, los controles no deben centrarse solo en los deportistas.
“Las mejoras genéticas deberían evaluarse caso por caso y la responsabilidad debería recaer en los médicos de los deportistas, que se ocupan de la administración segura y de vigilar la salud de los atletas”, ha señalado Julian Savulescu, profesor de Ética Práctica de la Universidad de Oxford (Reino Unido), en el congreso ESOF 2012 de Dublín (Irlanda).
Los controvertidos test de género
A pesar de que los controles antidopaje cada vez son más exhaustivos, los expertos dudan de que puedan detectar si una variante genética es natural o ha sido introducida. Algo similar ocurrió con los test de verificación de género que empezaron a desarrollarse en los años ‘60 para evitar que atletas masculinos compitieran en pruebas femeninas.
De las cerca de 10.000 mujeres que tuvieron que pasarlos mientras estuvieron vigentes –entre 1966 y 1998– no se detectó ningún caso de fraude, tal y como revela un estudio publicado en la revista Canadian Bulletin of Medical History.
“En general, no creo que los test fueran necesarios porque no había hombres que se hicieran pasar por mujeres”, ha declarado a SINC James L. Rupert, investigador del Laboratorio GRIP-Cinética humana de la Universidad de British Columbia (Canadá) y autor del estudio.
A pesar de que las pruebas fueron mejorando a lo largo de los años –de simples controles visuales a complejos test moleculares– seguían presentando errores, en especial falsos positivos, con repercusiones sociales muy negativas para la atleta en cuestión. “Los encargados de llevar a cabo las pruebas no estaban preparados para tratar adecuadamente a todas las mujeres, como por ejemplo aquellas que sufrían el síndrome de insensibilidad androgénica –feminización testicular–, que se veían perjudicadas cuando los resultados se filtraban”, reconoce Rupert.
En las olimpiadas de Barcelona ’92 se empezaron a tener en cuenta los aspectos psicológicos del género y, unos años más tarde, en 1999, finalmente se dieron por concluidos estos controles. “La biología no siempre es blanco o negro. Variantes genéticas poco comunes pueden conferir los rasgos biológicos de una persona que parece desafiar a su género”, matiza Gullans.
En la actualidad, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF por sus siglas en inglés) solo analiza de forma individual casos denunciados por otros atletas, cuando hay sospechas en un control antidopaje o si a una federación nacional le llega una queja. Uno de estos casos fue el de la atleta sudafricana Caster Semenya.
Ganadora del oro de los 800 metros lisos en el Campeonato Mundial de Atletismo de Berlín de 2009, otras corredoras pidieron al IAAF que verificara su sexo. Fueron los medios de comunicación los que publicaron que los altos niveles de testosterona de la atleta se debían a una feminización testicular, algo que no quiso ni confirmar ni desmentir el organismo.
En 2010, el IAAF finalmente aceptó las conclusiones de un grupo de expertos médicos y permitió que Semenya siguiera compitiendo en las categorías femeninas, conservando todos sus galardones. Pero el juicio público ya estaba hecho. “La historia jamás debió haberse hecho pública. Semenya sufrió una vergüenza innecesaria”, se lamenta Rupert.
Virilización en menores
Lo que se mantuvo durante muchos años en secreto fue la virilización que llevaron a cabo médicos y científicos de la Alemania del Este (la antigua República Democrática Alemana) en jóvenes atletas. A las deportistas, muchas veces niñas, que participaban en durísimos programas de entrenamiento, les suministraban fármacos experimentales y andrógenos –hormonas sexuales masculinas–. Así mejoraban su rendimiento deportivo.
Si un corredor, en su infancia, sufre anemia falciforme y se cura gracias a terapia génica, ¿no puede correr en los juegos? El antiguo atleta y entrenador Werner W. Franke denunció estas prácticas en un conocido estudio. Franke, hoy profesor del Centro Alemán de Investigación del Cáncer, aseguró durante el foro ESOF 2012 que este tipo de prácticas siguen produciéndose.
Testosterona de origen animal y controlada bioquímicamente, hormonas de crecimiento, tratamientos con ‘polvos rojos’ –una mezcla de enzimas– o fármacos de dopaje miméticos son algunos de los ejemplos. “Hay que enfatizar que todos estos métodos son ilegales”, subrayó Franke.
Parece claro que en personas sanas que intentan mejorar su rendimiento físico con prácticas prohibidas, las autoridades deben intervenir. La duda surge con otro tipo de cuestiones. Si un corredor, en su infancia, sufre anemia falciforme –enfermedad hereditaria en la sangre– y se cura gracias a terapia génica, ¿no puede correr en los juegos? ¿Y si sufre una mutación genética hereditaria que dispara los valores considerados normales? No hay que olvidar que “la terapia génica funciona en humanos para curar enfermedades”, recalca Gullans.
Por lo tanto, no le resulta descabellado pensar que, en un periodo de tiempo, cuando sea mayor el conocimiento sobre los genes y la seguridad de las terapias, los organismos deportivos tendrán que contemplar que habrá un grupo de atletas cuyo genoma ha sido alterado y decidir si permiten que participen o no.
Del árbol al supermercado en una carrera
Al margen de prácticas ilegales y de una herencia genética más o menos afortunada, lo que todo ser humano comparte es que ha nacido para correr. No hay más que mirar a nuestros ancestros.
El Homo sapiens consiguió evolucionar de los simios que vivían en los árboles para convertirse en un vigoroso atleta. Aunque aquí entra en juego el actual ritmo de vida sedentario. “La mayoría de los seres humanos de hoy no vive en un medio en el que tenga que hacer un ejercicio regular para conseguir carne”, explican Timothy Noakes y Michael Spedding en otro artículo del último número de Nature.
En cualquier caso, aunque la caza hoy se encuentre en las cámaras frigoríficas de los supermercados, nuestra habilidad de asimilar y usar oxígeno nos hace tener una mayor capacidad metabólica que cualquiera de nuestros antepasados. Y en esta nueva era, los científicos indican que una proteína en concreto destaca sobre las demás: el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés). Varias investigaciones han demostrado su papel en la prevención de enfermedades. Con el ejercicio, aumenta la circulación de esta proteína y el número de conexiones neuronales, lo que beneficia al uso de la memoria.
En ratones se ha comprobado que disminuye la obesidad y la aparición de diabetes tipo 2. Juega un papel importante en trastornos psiquiátricos y neurológicos –al destacar en el cortex prefrontal– y estimula a las mitocondrias del cerebro. También actúa en la médula espinal para reducir la frecuencia cardíaca.
Hacer deporte, por tanto, beneficia a nuestro estado físico, aunque los expertos recuerdan que siempre debe ir acompañado de una dieta equilibrada. “El ejercicio puede ser barato pero las consecuencias de ignorarlo, muy caras”, advierten.
fuente: http://www.tendencias21.net/La-genetica-de-los-superatletas-es-distinta-a-la-de-los-demas-deportistas_a12618.html
¿Es útil sonreír?
La sonrisa es como una píldora contra el estrés
Marta Lorenzo
El refrán “al mal tiempo buena cara” ya tiene una base científica. Una investigación realizada por especialistas de la Universidad de Kansas ha demostrado que sonreír cuando se está padeciendo una situación de estrés ayuda a frenar los efectos nocivos del nerviosismo sobre el organismo, al reducir la frecuencia cardiaca. Además, las personas que sonríen se recuperan mejor de los eventos estresantes pasados. Los resultados del presente estudio redundan en los efectos positivos de la sonrisa y de la risa para la salud, ya constatados en estudios previos.
“Al mal tiempo buena cara”. En muchas ocasiones hemos escuchado esa expresión, sobre todo cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles. ¿Pero existe alguna verdad en esa frase hecha? Sentirnos bien a menudo nos hace sonreír, sin embargo, ¿puede funcionar la sonrisa también en la otra dirección? ¿Realmente sonreír puede ayudarnos a sentirnos mejor?
Al parecer sí, a juzgar por los resultados de un estudio realizado por las psicólogas Tara Kraft y Sarah Pressman, de la Universidad de Kansas, en Estados Unidos.
En la investigación, cuyos resultados aparecerán pronto en Psychological Science, la revista de la Association for Psychological Science de Estados Unidos, se analizaron de los beneficios potenciales de la sonrisa.
Para ello, las psicólogas observaron cómo diferentes tipos de sonrisa, así como la conciencia de la sonrisa, afectaba a la capacidad de los individuos para recuperarse de episodios de estrés.
“Antiguos refranes, como ‘al mal tiempo buena cara’ han sugerido siempre que la sonrisa no solo es un importante indicador no verbal de la felicidad”, explica Kraft. Además, la sonrisa también puede ser una importante herramienta “para afrontar los sucesos estresantes de la vida”, añade la científico.
Con este estudio, ella y Pressman quisieron “examinar si esos refranes tenían una base científica, si la sonrisa podía verdaderamente tener beneficios relevantes para la salud”.
Estrés inducido y mediciones
En general, las sonrisas se dividen en dos categorías: las sonrisas estándar, en las que están implicadas los músculos que rodean a la boca; y las sonrisas genuinas o de Duchenne, en las que están implicados los músculos cigomático mayor y menor cerca de la boca, los cuales elevan la comisura de los labios, y el músculo orbicular cerca de los ojos, cuya contracción eleva las mejillas y produce arrugas alrededor de los ojos.
Una investigación previa ya había demostrado que las emociones positivas pueden ayudar en momentos de estrés, y que la sonrisa puede afectar a las emociones. Sin embargo, el trabajo de Kraft y Pressman es el primero de su tipo en el que se han manipulado experimentalmente los tipos de sonrisas humanas, con el fin de examinar los efectos de estas expresiones sobre el estrés.
Para su estudio, las investigadoras reunieron a un total de 169 voluntarios de una universidad norteamericana. El proceso incluyó dos fases: entrenamiento y pruebas.
Durante la fase de entrenamiento, los participantes se dividieron en tres grupos, y cada uno de ellos fue entrenado para mantener una expresión facial diferente. Sosteniendo palillos en la boca, todos ellos forzaron sus músculos faciales para que estos formaran bien una expresión facial neutra bien una sonrisa estándar o bien una sonrisa de Duchenne.
Los palillos resultaron esenciales para esta tarea, ya que obligaban a los voluntarios a sonreír, incluso cuando no eran conscientes de que lo estaban haciendo. En total, la mitad de los miembros del grupo fueron entrenados para sonreír realmente.
Resultados obtenidos
En la fase de pruebas, se pidió a los participantes que trabajasen en diversas actividades. Lo que los participantes no sabían era que estas pruebas habían sido diseñadas para resultar estresantes.
En la primera actividad inductora de estrés se les pidió que trazaran una estrella con su mano no dominante mirando el reflejo de su dibujo en un espejo, en lugar de directamente. La segunda actividad inductora de estrés consistió en que los participantes sumergieran una mano en agua helada.
Durante la realización de estas dos tareas, los participantes mantuvieron los palillos antes mencionados en la boca, tal y como lo habían hecho durante el entrenamiento. Las investigadoras, por su parte, midieron la frecuencia cardiaca y los niveles de estrés autoinformado de los participantes.
Los resultados revelaron que la sonrisa sí influye en el estado mental: en comparación con los participantes que mantuvieron expresiones faciales neutras, los participantes sonrientes y, en particular, aquellos que mantuvieron una sonrisa de Duchenne, presentaron niveles más bajos de frecuencia cardíaca después de recuperarse de las actividades estresantes realizadas.
Los participantes que llevaron palillos que les obligaban a sonreír, pero a los que no se les dijo explícitamente que debían sonreír como parte del entrenamiento, también informaron de una disminución menor de los afectos positivos, en comparación con aquellos voluntarios que mantuvieron expresiones faciales neutras.
Estos hallazgos demuestran que sonreír durante situaciones estresantes breves puede ayudar a reducir la intensidad de la respuesta del organismo al estrés, independientemente de que nos sintamos realmente felices o no.
"La próxima vez que se encuentre en medio de un atasco o que esté experimentando algún otro tipo de estrés, puede intentar esbozar una sonrisa durante un momento. No sólo va a ‘aguantar’ mejor su situación psicológicamente, sino que además así ayudará a mantener la salud de su corazón”, recomienda Pressman.
La risa también funciona
Los resultados del presente estudio coinciden con los hallazgos de una investigación anterior, realizada en 2006 por especialistas de la Loma Linda University de California con 16 hombres sanos que no habían hecho ejercicio físico ni recibido medicación alguna.
En ella, se constató que sonreír alegremente cambia la química de la sangre, protege al organismo contra la enfermedad y la depresión, y detiene las enfermedades cardiacas.
La razón: la sonrisa tendría un efecto en el cuerpo a un nivel químico, que provoca en quien sonríe un bienestar físico de 24 horas de duración.
Por otro lado, una investigación realizada en 2010, también en la Loma Linda University, demostró que la risa provoca el mismo efecto que el ejercicio físico moderado: abre el apetito, reduce el estrés y mejorar el funcionamiento del sistema inmune.
fuente: http://www.tendencias21.net/La-sonrisa-es-como-una-pildora-contra-el-estres_a12684.html
fuente: http://www.tendencias21.net/La-sonrisa-es-como-una-pildora-contra-el-estres_a12684.html
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